Howard abre los ojos antes del amanecer en su cabaña del Ararat, como ha hecho durante muchos años. Vive en soledad voluntaria, alejado del mundo, en un lugar donde casi nunca llega nadie.
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Howard abre los ojos antes del amanecer en su cabaña del Ararat, como ha hecho durante muchos años. Vive en soledad voluntaria, alejado del mundo, en un lugar donde casi nunca llega nadie. Se alimenta de lo que caza y prepara maná con semillas silvestres. Su único compañero es Dunker, un lobo que salvó de morir en la nieve hace años y que se convirtió en su leal amigo. Una mañana, percibe una figura que se acerca lentamente por la montaña. Después de una década de soledad, alguien viene hacia su cabaña.
Howard abre los ojos antes del amanecer. Es un gesto repetido miles de veces, una rutina que marca el comienzo de cada día en su cabaña de montaña, construida por él mismo con troncos gruesos en las estribaciones del Ararat. Vive en soledad voluntaria. Hace diez años que no recibe visitas, que ha elegido alejarse de los hombres, de sus voces, de sus engaños.
Trabaja como trampero. Caza jabalíes, osos, gacelas y otros animales cuyas pieles vende en un poblado lejano al que apenas desciende. Se alimenta con parquedad: carne salada y secada, y el maná que prepara mezclando semillas harinosas de plantas silvestres que crecen en las laderas de la montaña. Bebe café humeante en un vaso de lata, el único lujo que conserva de su pasado en Norteamérica, donde emigró siendo muy joven. Trabajó en oficios humildes junto a colonias de armenios, incluso como peluquero, un trabajo que detestaba. Ahora se ha dejado crecer una barba espesa. Deliberadamente no se mira en espejos.
Su único compañero es Dunker, un lobo. Lo encontró hace cuatro años, casi recién nacido, indefenso en la nieve durante una terrible tormenta invernal. Lo llevó a la cabaña y lo salvó. Dunker creció con Howard y se convirtió en su compañero inseparable. El lobo lo sigue a todas partes, lo ayuda en la caza, permanece vigilante en las noches de espera. Cuando Howard cayó atrapado en una hondonada de nieve blanda, fue Dunker quien lo salvó tirando de su manga con toda la fuerza de sus mandíbulas.
Dunker posee una fidelidad que trasciende su naturaleza salvaje, pero también respeta su propia esencia: a veces desaparece durante días en busca de los suyos. Howard lo entiende y sabe que siempre regresará.
Una mañana, mientras termina su desayuno contemplando las montañas, percibe algo en la distancia: una figura que se acerca lentamente monte arriba. Hace tanto tiempo que no ve a otro ser humano. Esa mañana también, Dunker no aparece en su lugar acostumbrado. Algo distinto está sucediendo.
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