Pocas horas antes de su muerte a golpes en el garaje de una iglesia de Guatemala, monseñor Juan Gerardi brindaba con whisky en la casa de un amigo, contando chistes entre invitados.
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Pocas horas antes de su muerte a golpes en el garaje de una iglesia de Guatemala, monseñor Juan Gerardi brindaba con whisky en la casa de un amigo, contando chistes entre invitados. Este relato reconstruye los últimos días del obispo que encabezó la investigación del informe Guatemala: Nunca Más, una monumental documentación de doscientos mil muertes durante la guerra civil guatemalteca, y las sombras que perseguían a quienes se atrevieron a nombrar la verdad.
La tarde del domingo 26 de abril de 1998, monseñor Juan Gerardi Conedera, obispo de setenta y cinco años, sentado en el jardín de una casa en las colinas de Guatemala, jugaba con los hijos de sus colaboradores y bromeaba sin saber que pocas horas después sería asesinado a golpes en el garaje de la casa parroquial. Ese fin de semana celebraba la conclusión de Guatemala: Nunca Más, un informe de cuatro volúmenes, más de mil cuatrocientas páginas, resultado de una investigación sin precedentes sobre desapariciones, masacres, torturas y violencia sistemática que azotó Guatemala desde los años sesenta. Durante la guerra civil, doscientos mil civiles fueron asesinados, la mayoría mayas y campesinos rurales, bajo gobiernos militares que sistemáticamente eliminaban a grupos guerrilleros de izquierda. En 1996 se firmaron los Acuerdos de Paz, pero el ejército logró incluir una amnistía que suprimía toda posibilidad de juicio por crímenes de guerra. Gerardi, fundador de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado, lideró una investigación paralela: ochocientas personas entrenadas recorrieron todo el país durante dos años recogiendo testimonios en quince idiomas mayas y español. El informe fue presentado en la catedral ante diplomáticos y activistas. En sus últimos días, el obispo advirtió a sus colaboradores que tomaran precauciones. A Edgar Gutiérrez le advirtió que después de leer el informe las aguas se agitarían más. Cuando Gutiérrez respondió con optimismo, la conversación fue interrumpida por el grito de los niños: uno se había caído de un columpio. Al atardecer, cuando lo dejaron en la iglesia de San Sebastián, Gerardi entró a la casa parroquial, donde lo aguardaba su última noche.
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