El miércoles 30 de abril de 1980, mientras Trevor Lock toma café en el porche de la embajada iraní de Londres, seis hombres jóvenes con kufiyas enrolladas atraviesan la puerta del número 16 de Princes Gate.
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El miércoles 30 de abril de 1980, mientras Trevor Lock toma café en el porche de la embajada iraní de Londres, seis hombres jóvenes con kufiyas enrolladas atraviesan la puerta del número 16 de Princes Gate. La primera bala atraviesa el cristal de seguridad. En ese instante, una situación que ninguno de los presentes podía controlar transformaría la relación de Gran Bretaña con el terrorismo internacional. El asedio reconstruye seis días de cautiverio, tensión y decisiones humanas al límite, más allá de la mitología del heroísmo fácil.
El miércoles 30 de abril de 1980, en un edificio victoriano de Kensington convertido en embajada iraní, una toma de rehenes conmociona a Gran Bretaña y al mundo. Trevor Lock, policía de protección diplomática, se tambalea hacia atrás cuando una metralleta atraviesa la puerta de seguridad del número 16 de Princes Gate. Lo que comienza como una mañana ordinaria en una embajada sumida en la austeridad revolucionaria se convierte en un asedio de seis días transmitido en directo por televisión.
El libro reconstruye esta crisis desde múltiples perspectivas: los treinta y un rehenes atrapados en el edificio, los atacantes cuyas motivaciones desbordan cualquier comprensión occidental, los policías sin entrenamiento para este tipo de situaciones, los periodistas que amplifican cada hora del drama, y el SAS, el ejército especial británico que sale de Hereford con cuarenta y cinco soldados y arsenal suficiente para una guerra de envergadura media.
No es un relato de buenos contra malos. Es una historia de errores humanos, consecuencias imprevistas y personas corrientes forzadas a tomar decisiones trascendentales basadas apenas en el instinto. El agente Lock, paciente y bondadoso, el portero iraní Fallahi, los diplomáticos revolucionarios, los soldados del SAS, los rehenes asustados: todos ellos, sin saberlo, estaban siendo puestos a prueba en un límite invisible. Nadie sabía cómo respondería ante un peligro letal hasta verse obligado a hacerlo.