Un asesino de la Casta de los Asesinos entra en Ar con un encargo de muerte: eliminar a Tarl Cabot, un guerrero que años atrás derrotó al anterior Maestro de los Asesinos.
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Un asesino de la Casta de los Asesinos entra en Ar con un encargo de muerte: eliminar a Tarl Cabot, un guerrero que años atrás derrotó al anterior Maestro de los Asesinos. Con la daga negra grabada en la frente, Kuurus atraviesa la ciudad imperial donde su presencia causa temor reverencial. En una taberna ruidosa, su precisión letal se despliega cuando interviene entre cuatro guerreros y un mendigo, recordando que en Gor solo el acero y el oro rigen el destino.
Sin mediar palabra, un hombre entrega veinte discos de oro a Kuurus, un asesino de la Casta de los Asesinos. Entre las monedas, un distintivo verdoso: la marca de una carrera de tarns. La orden es concisa: viaja a Ar y mata a Tarl Cabot, guerrero que derrotó tiempo atrás al Maestro de los Asesinos desde la cúpula del Cilindro de la Justicia.
Kuurus cruza las puertas de Ar portando la marca de la daga negra en la frente. Ese signo le otorga paso libre; nadie osa interferir con quien ha recibido un encargo. Su presencia despierta inquietud inmediata: mujeres se apartan, campesinos evitan su sombra, comerciantes entregan mercancía sin esperar pago. Es un espectro entre la multitud, una muerte cuya llegada todos reconocen sin verbalizar.
En una taberna cercana a la puerta, Kuurus se establece observando. Toma a una esclava de túnica amarilla, la encadena a un collar y la deja mientras él bebe en silencio. La taberna reanuda su movimiento bajo vigilia tácita: músicos, esclavas, parroquianos, todos conscientes del predador en sus filas.
Irrumpe Hup el Loco, criatura deforme de cuerpo bulboso y pies minúsculos, un ojo más grande que el otro. Huye de cuatro guerreros enviados por Portus, a quien Hup ofendió al pronunciar su nombre solicitando una moneda. En la arena de la taberna comienza el castigo sin piedad mientras los clientes ríen. Kuurus interviene: ha recibido una moneda de cobre de Hup, haciéndolo su protegido según la ley del Asesino.
La oscuridad de la taberna se llena de movimiento. Los cuatro Guerreros caen sin oposición. No hay sonido de aceros chocando. Kuurus envaína con precisión. Portus, sudoroso y sorprendido, ve cómo el Asesino arroja su propia moneda de oro a los pies de Hup: un regalo de un hombre generoso. Después, Portus se aproxima, no como enemigo. En Ar comienza a tejerse la verdadera trama de la misión.
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