De noche, entre papeles de colorear y lápices con notas sobre código penal, una escritora persigue la identidad del Asesino del Golden State. Michelle McNamara navega fichas policiales, anuarios y autopsias de más de tres décadas.
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De noche, entre papeles de colorear y lápices con notas sobre código penal, una escritora persigue la identidad del Asesino del Golden State. Michelle McNamara navega fichas policiales, anuarios y autopsias de más de tres décadas. El criminal cometió al menos cincuenta agresiones sexuales y diez asesinatos en California sin ser identificado. Su investigación destila compasión por las víctimas y precisión para reconstruir los patrones de un violador en serie que se convirtió en asesino, honrando a quienes fueron destrozados.
De noche, rodeada de papeles para colorear de su hija y lápices garabateados con notas sobre el código penal de California, una escritora persigue a un criminal desde su habitación. Mientras su familia duerme, Michelle McNamara viaja a través de décadas, explorando fichas policiales, anuarios escolares y reportes de autopsia en busca de la identidad del Asesino del Golden State.
Durante los años setenta y ochenta, un hombre enmascarado terrorificó California con precisión letal. Comenzó como violador en serie, conocido como el «Violador de la Zona Este», atacando a mujeres en sus propios dormitorios. Con frialdad quirúrgica estudiaba casas, desactivaba alarmas, descargaba armas. Sus patrones eran meticulosos: casas de una sola planta, la segunda desde la esquina, vecindarios tranquilos. Luego su conducta mutó. Se convirtió en asesino. Al menos cincuenta agresiones sexuales y diez homicidios quedaron sin resolver, dispersos entre múltiples jurisdicciones, documentos fragmentarios y testigos desaparecidos.
McNamara estructura su investigación sobre detalles infinitesimales. Rastrea un par de gemelos de camisa robados en Stockton en 1977. Investiga nombres de niño poco comunes comenzando con N en las décadas de los treinta y cuarenta. Examina cada fotografía del anuario de waterpolo de 1972. Su tenacidad no es simplemente exhaustiva: es compasiva. Reconstruye las vidas de quienes fueron violados y asesinados, la frustración de investigadores que persiguieron un fantasma, el contexto de subdivisiones de California que crecían sobre naranjales, nuevas urbanizaciones que convertían a las víctimas en protagonistas de sus tragedias.
Lo que distingue este trabajo no es si el misterio se resuelve, sino cómo McNamara teje hechos dispersos con elegancia, la dignidad que otorga a quienes fueron destrozados. Su búsqueda cobró un precio: «Ahora tengo un grito permanentemente alojado en la garganta», escribió. El libro permanece inacabado tras su muerte inesperada, una instantánea de obsesión y testimonio de una escritora que entendía que investigar crímenes reales es honrar a las víctimas del incomprensible.
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