Un ensayo que examina las paradojas constitutivas de la identidad argentina: un país que fue rico y ahora expulsa a sus habitantes, cuya riqueza material nunca se tradujo en estabilidad institucional.
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Un ensayo que examina las paradojas constitutivas de la identidad argentina: un país que fue rico y ahora expulsa a sus habitantes, cuya riqueza material nunca se tradujo en estabilidad institucional. El autor traza el origen del nombre desde las leyendas de oro y plata, y recupera las observaciones de visitantes ilustres como Einstein o Darwin, quienes ya detectaban en Argentina la contradicción entre la prosperidad económica y el desorden administrativo, la corrupción perpetua y la falta de frenos al poder.
El autor retorna a los temas que lo obsesionan: la mentalidad argentina y sus contradicciones irresolubles. Comienza narrando cómo escribió años atrás ‘Un país de novela’, libro donde las ideas llegaban implacables, generando ese ‘doloroso placer’ de disparar verdades hirientes. Ahora vuelve sobre lo mismo pero con otra vuelta de tuerca, porque Argentina se ha convertido en algo atroz: un país que amamos y sufrimos simultáneamente.
La obra indaga en el paradójico nombre del país: Argentina, derivado de argentum, plata. Ese nombre soñado por navegantes y conquistadores que buscaban la Ciudad de los Césares, con calles pavimentadas de oro. Una obsesión que incluso denominó Río de la Plata a un río que nunca tuvo ese color, como si la realidad debiera plegarse a la alucinación.
Con precisión, el ensayo recupera las observaciones de visitantes extranjeros en la era del Centenario (1910), cuando Argentina figuraba entre los diez países más ricos del globo. Einstein se preguntaba cómo progresaba un país tan desorganizado. Darwin ya había detectado el soborno y la impunidad. Gastón Jeze, prestigioso administrativista europeo, observó una profunda oposición entre la prosperidad económica y el desorden de las finanzas públicas. G. Bevione vio reptar serpientes de corrupción, dilapidación irresponsable, una burocracia creciente, servicios públicos más costosos que en Londres, y un poder judicial sin independencia enfrentado a un ejecutivo sin frenos.
Esta es la verdadera historia argentina: un país donde la abundancia material nunca pudo transformarse en instituciones sólidas, donde el ocio y la irresponsabilidad son moneda corriente, donde existe una subterránea solidaridad con la impunidad. El autor se rehúsa a aceptar la pasividad posmoderna y apela al pensamiento crítico como herramienta de transformación, porque la historia puede mejorarse si el ser humano actúa como sujeto capaz de decidir.
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