Aurora abre el relato en la angustia, buscando a su esposo Luis en las brumas de Vila do Mar el 5 de noviembre de 1902. Una mano la sostiene, ojos anegados en lágrimas.
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Aurora abre el relato en la angustia, buscando a su esposo Luis en las brumas de Vila do Mar el 5 de noviembre de 1902. Una mano la sostiene, ojos anegados en lágrimas. El tiempo retrocede a su día de boda, tres meses atrás, cuando Aurora abraza su destino de mujer casada. Entre el mar de Galicia, una pulsera heredada y los tejidos negros cosidos con ilusión, esta novela traza el camino desde la esperanza matrimonial hacia el secreto que divide a una pareja.
La noche del 5 de noviembre de 1902, en la pequeña vila costera de Vila do Mar, Aurora espera frenética el regreso de su esposo Luis. Pasadas las tres de la tarde, con la comida preparada desde hace más de una hora, sus nervios se desmorona. El tiempo se estira hasta lo insoportable, cada minuto es agonía multiplicada. Cuando finalmente avista una sombra entre la bruma, corre a su encuentro. Al borde del abismo, una mano la sostiene con fuerza y compasión: la de un hombre con los ojos anegados en lágrimas. Su pregunta queda sin respuesta.
El relato retrocede entonces al 16 de agosto, mañana de boda. Aurora despierta sin haber pegado ojo. Se contempla en el espejo y ve a la mujer que está a punto de dejar de ser: la joven que creció en esta casa modesta junto al mar, bajo la sombra del trabajo humilde de su madre, costurera de pueblo. El traje es negro, como es costumbre entre las mujeres pobres, un damasco de brocados que su madre cosió con hilos de ilusión durante meses, pagándolo con sudor y recorridas por las aldeas vendiendo pescado. No es un vestido de novia. Es un vestido que servirá también para el luto.
Aurora recibe una pulsera de oro heredada desde su bisabuela, la única riqueza de su familia. Su madre, con manos que convierten todo lo que tocan en arte, la peina y la prepara. Carmen remata cada detalle del ajuar. La comitiva se forma con los vecinos humildes que celebran este enlace en la capilla de San Benito.
De camino a la iglesia, Aurora y Luis cruzan los distintos rostros de su pueblo: la zona marinera con casas pegadas al mar, la calle principal donde trabaja la gente común, la calle Real con sus elegantes comercios. En el pazo de Baleiro, la marquesa interrumpe su dicha con una mirada de desafío que Aurora sostiene con toda su firmeza.
Tres meses después, algo se ha roto irremediablemente. Luis no vuelve a casa. Y cuando Aurora encuentra a alguien en las brumas, su rostro revela una verdad que quizá ella siempre supo en el corazón.
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