En agosto de 181..., la fragata Ballena zarpa de Bergen bajo el mando del capitán Ramón Pardo, marinero experimentado e irreligioso. Un viento extraordinario lo arrastra hacia el norte, adentrando el buque en aguas cada vez más frías.
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En agosto de 181..., la fragata Ballena zarpa de Bergen bajo el mando del capitán Ramón Pardo, marinero experimentado e irreligioso. Un viento extraordinario lo arrastra hacia el norte, adentrando el buque en aguas cada vez más frías. Cuando una aurora boreal ilumina la noche ártica, la verdad surge: el hielo polar ha atrapado la fragata. Ramón permanece inmóvil en la borda, observando el desolado panorama con una expresión que aterroriza a su tripulación.
La fragata Ballena zarpa de Bergen en una tarde de agosto, capitaneada por Ramón Pardo, marinero experto y desapegado de toda fe religiosa. Hombre de naturaleza irascible, su reputación como navegante hábil ha ganado confianza entre comerciantes y pasajeros de la costa nórdica. Sin embargo, su impiedad lo distingue: ha rechazado el nombre original de su nave, Inmaculada Concepción, imponiéndole el de Ballena, porque rehúye todo lo que huela a vírgenes y santos.
Poco después de zarpar, un viento extraordinario surge sin aviso. El capitán, con toda su experiencia, se equivoca en sus predicciones. El viento no cesa como esperaba, sino que recrudece y cambia de dirección, empujando la nave hacia el norte con violencia creciente. Durante dos noches completas la fragata navega en tinieblas casi absolutas, impulsada hacia latitudes cada vez más septentrionales. Los pasajeros, aterrados de frío, ascienden a cubierta. La única mujer a bordo, la señora Smit, viuda de Bergen, reprecha al capitán sus blasfemias, temiendo que su lengua maldita atraiga la cólera de Dios. Pardo responde con desprecio e insultos, redoblando sus juramentos.
Cuando amanece, la realidad se revela aterradora. La fragata ha navegado cientos de millas hacia el norte. El frío es tan intenso que los faroles se apagan. El mar se muestra extraño: las olas lejanas desaparecen, reemplazadas por una llanura blanca. Luego, una aurora boreal estalla en el cielo, iluminando un panorama de pesadilla. El hielo polar ha atrapado la fragata. Témpanos colosales envuelven el buque, encerrándolo en sus gélidas prisiones.
Ramón intenta todo lo posible para liberar su nave. Organiza a tripulantes y pasajeros para atacar el hielo con hachas y remos. Tras esfuerzos inauditos, comprende que es inútil. Ordena el abandono del buque y la retirada a los botes hacia un acantilado rocoso visible en la lejanía. Mientras todos se trasladan, el capitán permanece en la borda, fumando y lanzando venenosas miradas al buque que debe abandonar. De pronto pronuncia una blasfemia de tal magnitud que congela la sangre: dice que si supiera escribir como navega, escribiría un libro contra Dios.
Cuando todos aguardan en los botes, Ramón queda inmóvil en la borda. Sus ojos giran en sus órbitas de manera singular. Su mano se agarra con extraña rigidez. No responde a los llamados. Una quietud sobrenatural lo envuelve, mientras el hielo avanza inexorablemente sobre el mar ártico.