Tras recuperarse de una herida casi mortal, Pietro de Veroni recibe una carta de Lord Stugart que lo invita a un viaje inusual por Europa. Junto a su sobrina Emma, el anciano italiano sigue un itinerario que atraviesa Francia y Suiza,…
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Tras recuperarse de una herida casi mortal, Pietro de Veroni recibe una carta de Lord Stugart que lo invita a un viaje inusual por Europa. Junto a su sobrina Emma, el anciano italiano sigue un itinerario que atraviesa Francia y Suiza, guiado por misivas que lo esperan en cada ciudad. De París a Neuchatel, un viaje que promete encuentro pero que genera en Pietro un presentimiento creciente, una inquietud que no puede vencer ni su legendario coraje.
En el comedor de una villa junto al océano, Pietro de Veroni almuerza con su familia. Ha estado semanas recuperándose de una puñalada que casi le cuesta la vida, pero ya siente su fuerza regresando. Entre los postres y el café, llega el correo. Una de las cartas trae el sello de París y está dirigida a él, algo que no había sucedido en quince años. Es de Lord Stugart, su protector. El lord revela que ha estado resolviendo un grave asunto familiar, pero ahora retoma su verdadera misión: venganza contra el asesino de su hijo. Propone a Pietro que viaje a París para reunirse con él, aunque anticipa que es posible que deba partir hacia Suiza. Incluye un itinerario detallado: si no lo encuentra en París, debe seguir un camino que lo conduzca a través de Normandía, Champaña, Borgoña y finalmente a Suiza, con paradas precisas en cada ciudad. Pietro desconfía. La carta, aunque revela ciertos aspectos del carácter del lord, le parece incompleta, vulgar, despojada de las sutilezas que caracterizan a Stugart. Sus familiares lo convencen: honor y gratitud lo obligan a responder. Una llamada telefónica desde El Havre lo confirma: Stugart aguarda en París. Entonces comienza un viaje europeo singular. Pietro y Emma rastrean al lord mediante cartas que encuentran en cada destino. París, Dijón, Chaux de Fonds; cada ciudad les entrega nuevas misivas que los guían. Cuando finalmente llegan a Neuchatel, descubren que Stugart los ha esperado veinticuatro horas. Pero el encuentro no trae paz. Una inquietud inexplicable se apodera de Pietro. No puede definirla, pero la siente como algo casi físico: una angustia que oprime su pecho. Su coraje legendario cede ante un presentimiento de desgracia. Mientras Emma se prepara para descansar en sus habitaciones del hotel, Pietro permanece en el saloncito que las separa, de pie, inmóvil, brazos cruzados, consciente de que algo terrible está próximo.
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