Comenzamos con Diego Alatriste saliendo de la cárcel de Corte tras tres semanas por deudas. Ese oscuro capitán de los tercios, malviviendo en Madrid como espadachín a sueldo de otros, es un hombre de cicatrices y silencios.
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Comenzamos con Diego Alatriste saliendo de la cárcel de Corte tras tres semanas por deudas. Ese oscuro capitán de los tercios, malviviendo en Madrid como espadachín a sueldo de otros, es un hombre de cicatrices y silencios. Cuando el joven Íñigo llega a servir bajo su mando, herencia de una amistad entre soldados, ignora que está a punto de descubrir un mundo de intrigas cortesanas, peligro y una pasión que lo marcará de por vida. Una historia de lealtad y supervivencia en el Madrid del siglo diecisiete.
Madrid, años veinte del siglo diecisiete. Un capitán flaco y cicatrizado sale de la cárcel de Corte tras tres semanas de encierro por deudas, paradeando ante la luz de la mañana. Se llama Diego Alatriste y Tenorio, y sus ojos claros como agua de charcos invernales ocultan la dureza de quien ha sobrevivido a Flandes, a la batalla de Fleurus y a años malviviendo en la capital de las Españas. No es el hombre más honesto ni el más piadoso, pero es valiente: alquila su espada a quien la necesita, resuelve pleitos ajenos y cobra por ello, acuchilla en callejones lo que otros no se atreven a resolver.
El narrador, Íñigo, es un muchacho de apenas trece años cuando llega a Madrid. Su padre, Lope Balboa, fue el otro soldado que regresó junto a Alatriste de aquella noche en Flandes cuando cruzaron un río helado para sorprender a los holandeses. Antes de caer en combate, le pidió al capitán que cuidara de su hijo. Así, Íñigo entra al servicio de Alatriste como criado y paje, herencia de una amistad forjada en la sangre de Flandes. Lo ve convalecer de heridas que aún supuran, lo oye cantar copillas en la oscuridad, lo descubre lidiando con sus demonios de manera que parece diversión.
Todo cambia cuando el muchacho ve pasar un carruaje en la calle de Toledo y, en su ventanilla, unos ojos azules que lo turban para siempre. Son los ojos de una niña rubia de once o doce años: Angélica de Alquézar. No sabe que acaba de mirar al Diablo en forma inocente, ni que esa breve mirada desencadenará una cadena de eventos que los llevará a enfrentar enmascarados, ingleses, y enemigos tan poderosos como Luis de Alquézar, secretario del Rey, y su sicario italiano Gualterio Malatesta.
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