A las cinco y media de la mañana, una mosca despierta al comisario Montalbano desde su sueño profundo, iniciando una cadena de malentendidos que culminará en una confusa intervención en una pelea callejera junto al mar.
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A las cinco y media de la mañana, una mosca despierta al comisario Montalbano desde su sueño profundo, iniciando una cadena de malentendidos que culminará en una confusa intervención en una pelea callejera junto al mar. Detenido erróneamente por los carabineros, luego descubre que alguien ha entrado a su casa. La mañana de nuestro comisario se convierte en un enredo de identidades equivocadas, donde ni siquiera él logra imponer orden.
Aquella madrugada, el comisario Salvo Montalbano enfrenta uno de esos días donde todo conspira en su contra. Una mosca que parecía muerta en la ventana abre las alas al amanecer e inicia un acoso sistemático: su intrusión en las fosas nasales, la frente, cada rincón disponible. Los intentos de Montalbano por librarse terminan en una hemorragia y un desorden creciente. Una vez vestido, la calma marina de Marinella se quiebra cuando advierte dos hombres enzarzados en pelea junto a la orilla. Uno blande una navaja que brilla bajo el sol. Sin dudar, el comisario desciende para intervenir, pero en el caos comete un error crucial: golpea al hombre equivocado, permitiendo que el armado continúe la lucha. La situación se convierte en un tumulto de cuerpos entrelazados, puños y juramentos. La llegada de carabineros detiene la riña, pero Montalbano advierte que dejó su documentación en casa. Cuando intenta revelar su rango, los dos pendencieros guardan silencio, disfrutando de su apuro. El cabo lo trata con brutalidad mientras el teniente, que sí lo conoce, interviene discretamente. Libre del trastorno, debe regresar a Marinella a cambiarse: la pelea lo ha dejado herido y con la ropa rasgada. Al llegar encuentra otro vehículo en la explanada. Adelina, su asistenta, lo recibe con alaridos: encontró la casa vacía con la puerta abierta, supuso que había entrado un ladrón y golpeó a quien creyó que era un delincuente, lo ató, lo amordazó y lo encerró en el trastero. Allí descubre a un caballero de sesenta años, bien vestido, preso de terror extremo. Montalbano le teje una explicación plausible y lo envía al hospital. Bajo la ducha, reflexiona: ha sido una mañana de confusiones sucesivas. Él confundió al atacante verdadero con el inocente; los carabineros lo confundieron a él con un pendenciero; su asistenta confundió a un visitante respetable con un criminal. La mosca matutina, sin duda, también fue víctima de un error.
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