En un tren inglés hacia Norfolk, un viajero despierta del letargo de una novela policíaca con una perturbadora certeza: ha olvidado quién es. Revisa sus pertenencias, sus maletas, las tarjetas de visita en sus bolsillos.
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En un tren inglés hacia Norfolk, un viajero despierta del letargo de una novela policíaca con una perturbadora certeza: ha olvidado quién es. Revisa sus pertenencias, sus maletas, las tarjetas de visita en sus bolsillos. Gradualmente, de sus fragmentos de memoria emerge la verdad: es Sam Rivers, agente federal de la División de Investigación Criminal de Washington, especializado en infiltración. Viene de una misión en América. Ahora, vistiendo la piel del inglés Vincey, debe dirigirse a Frindon Hall y mantener su secreto. La amnesia amenaza su cobertura justo cuando la misión alcanza su punto crítico.
Un tren de la línea Londres-Nordeste surca la niebla de noviembre. Un viajero despierta de la lectura de una novela policíaca con una certeza heladora: ha olvidado su propia identidad. En los primeros minutos examina meticulosamente su compartimiento. Las maletas cerradas, un abrigo marrón, equipaje de Nueva York. Sus bolsillos contienen billetes ingleses, una cartera, una agenda comprada en Macy’s. En octubre y noviembre hay anotaciones fragmentarias: Grand Central, Jervons Hotel Chicago, el Majestic zarpando a medianoche. Una palabra escrita días atrás: Frindon. Las tarjetas de visita proporcionan identidades posibles: John Vincey, Club de los Viajantes; Vincey, Westing & Mayhew, agencia de publicidad; Sir Gresley Haven, baronet en Frindon Hall, Norfolk. Un espejo revela un rostro extraño: cuarenta años, bigote rubio, un tupé disimulado bajo cabello castaño rojizo. El tren se aproxima a Downham. Quedan veinte minutos. Mientras el hombre se resigna a la ignorancia de su nombre, algo chasquea en su mente. De pronto, con la claridad de un resorte liberándose, emerge la verdad olvidada: es el agente federal Sam Rivers, División de Investigación Criminal de Washington. Un detective estadounidense especializado en representar papeles, que conoce Inglaterra como quien ha vivido años en ella. Regresa de una misión secreta en América. Su cobertura era tan perfecta que su verdadera identidad se desvaneció de su propia conciencia. Pero la memoria ha traicionado por partida doble. Sabe quién es, pero no por qué. Desconoce qué lo trae a Frindon Hall, a qué misión vital obedece su secreto, cuál es el asunto que lo obligó a esta infiltración. Solo sabe que debe mantener su papel, que debe ser Vincey, que su supervivencia depende del silencio. En la estación brumosa, un chófer de librea lo espera. Un Rolls-Royce lo transporta por la niebla nocturna hacia una mansión de Norfolk. En el vestíbulo de roble y grandes chimeneas, Sir Gresley Haven lo recibe como viejo amigo. A su lado sonríe Sylvia, la hija: redondeada, menuda, con una sonrisa que promete y amenaza a la vez. El detective amnesiano debe ahora navegar entre su falsa identidad y sus obligaciones reales, entre la seguridad de su cobertura y el vacío de su amnesia.
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