En el castillo de Blandings, el conde de Emsworth se ve enfrentado a una decisión angustiosa: su hijo Freddie ha comenzado un romance con Aggie Donaldson, prima del jardinero jefe Angus McAllister.
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En el castillo de Blandings, el conde de Emsworth se ve enfrentado a una decisión angustiosa: su hijo Freddie ha comenzado un romance con Aggie Donaldson, prima del jardinero jefe Angus McAllister. En un arrebato de furia, el conde despide a McAllister sin consideración. Pero pronto descubre que ha cometido un grave error. Sin su dedicado jardinero, la calabaza de concurso que encarna el orgullo familiar corre peligro de arruinarse. El conde intenta la reconciliación, pero McAllister, profundamente ofendido, rehúsa regresar.
Lord Emsworth contempla su castillo desde una torrecilla armado con un telescopio recién llegado de Londres. Entre sus ocupaciones triviales y su jardín, descubre algo que perturba su paz: su hijo Freddie, el Honorable Frederick Threepwood, enamorado de Aggie Donaldson, una joven americana cuyo peculiar nombre hace referencia a las cataratas del Niágara. Lo que empeora la situación es que Aggie resulta ser prima del jardinero jefe, Angus McAllister, ese escocés de cejas prominentes y expresión inflexible que ha servido fielmente al conde durante una década. La furia invade al conde. Incapaz de tolerar la unión de su hijo con alguien vinculado a un empleado, ordena a McAllister una elección imposible: despedir a su prima o abandonar el castillo. El jardinero, poseedor de una dignidad escocesa que recuerda a William Wallace y Robert the Bruce, elige partir con formal dignidad. El conde lo deja marchar, convencido de haber resuelto el asunto. Pero el alivio es pasajero. Aquella noche, fumando después de la cena, la razón regresa para atormentar a lord Emsworth. Sin McAllister, ¿quién cuidará su calabaza? Durante años ha perseguido un único anhelo: ganar un primer premio en la Exposición de Shrewsbury con esa calabaza. Mientras sus antepasados ganaron batallas y gobiernos, él solo desea este triunfo vegetal. Esa calabaza dorada, criada con esmero casi paternal, es la obra maestra que define su honor familiar. Sin su jardinero, la calabaza comienza a declinar. El conde sufre pesadillas donde el rey Jorge presencia su vergüenza. El orgullo se desmorona. Envía un telegrama urgente a Londres rogando a McAllister que regrese. Pero el jardinero, herido en su dignidad, rechaza la súplica. Lord Emsworth se encuentra atrapado entre dos lealtades irreconciliables, ambas ahora amenazadas.