Guillermo Ricardi despierta de sus sueños recurrentes con una certeza perturbadora: ha cometido suicidios que no son muerte física, sino el abandono de todo lo que alguna vez lo definió.
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Guillermo Ricardi despierta de sus sueños recurrentes con una certeza perturbadora: ha cometido suicidios que no son muerte física, sino el abandono de todo lo que alguna vez lo definió. Entre recuerdos de una vida que consideraba segura y la aceptación de traiciones irreversibles, reflexiona sobre cómo una falsa promesa de felicidad lo arrastró a renunciar a las convicciones que lo sostenían. Una novela sobre la culpa que persiste despierto y la imposibilidad del retorno.
En sus sueños recurrentes, Guillermo Ricardi se suicida sin recordar jamás cómo lo hace. Al despertar, sabe con claridad la causa: el vacío dejado por algo que alguna vez fue valioso. Esa noche se repite desde hace años, una advertencia que persiste mientras envejece en una habitación donde runruneos de motores anuncian cada nuevo día.
Hace años, Guillermo era otro hombre. Profesor de literatura, columnista respetado en el periódico Luna y Sol, vivía una vida sencilla pero plena. Su existencia giraba alrededor de lo que consideraba indestructible: las convicciones que lo guiaban y la presencia de alguien cuya evocación bastaba para llenar sus soledades. Petra, su asistenta de muchos años, celebraba sus pequeños triunfos literarios como propios.
Todo comenzó el día que fue contratado para ser tutor de Darío, un adolescente de trece años cuya madre era Lidia Laurent, una dama de la alta sociedad barcelonesa. Condujo su viejo Panda hacia el palacete cercano a la iglesia de Santa María, sin saber que esa verja de hierro con letras doradas marcaría el inicio de su transformación. Lo que parecía un simple trabajo (ayudar a un muchacho en sus estudios) se convirtió en el comienzo del fin de la persona que creía ser.
Lidia era hermosa, adinerada, inteligente. Huérfana de padres y divorciada de un hombre que la abandonó apenas nacido su hijo, ella había salvaguardado sola su herencia y su reputación. La atracción fue gradual, como una enfermedad que avanza sin síntomas aparentes. Y cuando llegó, Guillermo ya no supo resistirse.
Guillermo creía que el verdadero suicidio no es quitarse la vida, sino abandonar lo que la hace vivible: lucideces, confianzas, seguridades, amores sin tedio. Eso fue lo que Lidia le pidió, aunque nunca con palabras directas. Poco a poco, su antiguo mundo se desmoronó. Traicionó a quien lo amaba sin reservas. Traicionó a su propio hijo. Renegó de sus convicciones, mintió en sus artículos, fingió ser quien ya no era.
La novela es un viaje al interior de una culpa irreversible, a la comprensión tardía de que los momentos que creemos eternos son instantes, y que las decisiones en la ceguera de una pasión pueden costar una vida. Guillermo escribe estas palabras desde un exilio voluntario, revisando los escombros de su existencia, intentando comprender cómo pudo cruzar la frontera de su propia verdad y qué queda de un hombre cuando ha renunciado a todo lo que lo hacía él.
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