Christian Clarke, abogado de oficio, recibe a los padres de David en su modesto despacho. El joven aprobó el examen de acceso a la abogacía con setenta y cuatro de setenta y cinco respuestas, una calificación excepcional.
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Christian Clarke, abogado de oficio, recibe a los padres de David en su modesto despacho. El joven aprobó el examen de acceso a la abogacía con setenta y cuatro de setenta y cinco respuestas, una calificación excepcional. Fue atropellado cuando salía de Correos después de recoger la carta con su resultado. Sus padres, arruinados tras financiar sus estudios, necesitan recuperar sus ahorros para evitar el desahucio de su vivienda. La novela abre con esta escena de tragedia personal para explorar la distancia entre ambición y justicia.
Christian Clarke es un abogado de oficio de treinta y cuatro años, trabajando en un despacho modesto con muebles baratos de IKEA. A su consultorio entra un matrimonio de edad avanzada cargando el peso de una tragedia. El padre sostiene una carta como si fuera oro en paño: el resultado del examen de acceso a la abogacía. Su hijo David obtuvo setenta y cuatro aciertos de setenta y cinco preguntas. Una puntuación casi perfecta que lo habría catapultado a una carrera prometedora. Varios de los mejores bufetes del país le enviaron ofertas de trabajo, pero David nunca las conocerá. El joven había trabajado incansablemente para llegar allí. Se graduó con la segunda mejor nota de su promoción en Derecho, compaginó durante dos años un máster obligatorio con empleos como becario en departamentos de auditoría y servicios jurídicos de grandes empresas, incluyendo una petrolera de primera línea. Sus padres hipotecaron su único bien, un piso de cincuenta metros, para financiar esos estudios. No tenían ahorros, solo la casa. Al salir de Correos con la carta en el bolsillo, lo atropellaron. Un conductor que le robaba la mochila lo arrolló en la huida. Sin testigos, sin matrícula legible, apenas una cámara lejana. El caso quedó archivado. Ahora los padres de David han perdido sus empleos y luchan contra un desahucio inminente. Necesitan los ahorros de su hijo, veintinueve mil seiscientos euros acumulados con austeros sueldos, para permanecer en su hogar. Christian debe tramitar la declaración de herederos. Pero hay algo más: del maletín emergen otras cartas. Y luego un sobre grande, tamaño folio, con la inscripción manuscrita: «Por si me pasa algo». En paralelo, la novela nos transporta a la junta general de accionistas de Serpol, una gigante petrolera. En el edificio más moderno de Barcelona, directivos con trajes de diseñador celebran resultados récord, presencia global y dividendos extraordinarios. Los accionistas sonríen. Nadie menciona lo que amenaza el negocio. La maquinaria corporativa gira indiferente a las historias de jóvenes brillantes que nunca llegaron a ejercer.