Un hombre camina alrededor de un planeta diminuto en las profundidades del espacio, completando miles de circunvalaciones cotidianas. Bruno de Towaji es un científico prácticamente inmortal obsesionado con manipular la materia colapsada,…
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Un hombre camina alrededor de un planeta diminuto en las profundidades del espacio, completando miles de circunvalaciones cotidianas. Bruno de Towaji es un científico prácticamente inmortal obsesionado con manipular la materia colapsada, construyendo estructuras de agujeros negros estables. Cuando una nave desconocida interrumpe su delicado experimento, su rutina de décadas se quiebra.
En un planeta de apenas seiscientos metros de diámetro, flotante entre las sombras del cinturón de Kuiper, un científico inmortal transita sus caminos familiares día tras día. Bruno de Towaji ha completado casi tres mil paseos matutinos sin variación: atraviesa praderas floridas donde el polen irrita su nariz, bosques donde los árboles apenas rozan las nubes bajas de verano, arroyos que serpentean entre sauces, campos atendidos por robots encorvados, playas que brillan bajo una luna inventada. La rutina de dos kilómetros es deliberada, casi religiosa. Su verdadera obsesión aguarda en la penumbra de su estudio.
Bruno manipula colapsones: estructuras de materia contraída donde agujeros negros estables giran en órbitas complejas, generando puntos de luz azul pálido que danza en el vacío. Cada uno es una semilla de semillas, construida a partir de neublas—esferas de neutronio del tamaño de una canica que condensan mil millones de toneladas. Es un hombre que vendió su vida anterior—amor, hogar, la amistad de millones—por la posibilidad de deformar el espaciotiempo a su voluntad. Tras setenta años de investigación, trabaja en un arco que podría alcanzar el mismo fin del tiempo, una ventana abierta a los misterios del universo en su frontera última. Su herramienta será monumental, requerirá milenios de construcción, pero el potencial mantiene su mente afilada.
Cuando una alarma de ondas gravitacionales interrumpe su labor más delicada, Bruno descubre que su mundo aislado ha sido encontrado. Una nave se acerca sin identificación, atravesando el vacío hacia su diminuto reino. Siete minutos separan su soledad de lo desconocido, de la intrusión en la vastedad que ha protegido durante décadas.