Un cielo limpio de nubes sobre Edimburgo. Un bocadillo a medio comer. Un teléfono que suena con un nombre que debería haber sido olvidado hace tiempo.
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Un cielo limpio de nubes sobre Edimburgo. Un bocadillo a medio comer. Un teléfono que suena con un nombre que debería haber sido olvidado hace tiempo. A la otra punta de la línea, la voz que cambió todo: ¿Papá? Olivia Muriel regresa a la ciudad donde una vez conoció a Duncan, no como turista que regresa, sino como investigadora buscando las respuestas que la culpa y el amor nunca le permitieron formular. En Hart Street, donde comienza una nueva vida, también comienzan las preguntas sobre una muerte que no se asimila, un hombre que guardaba secretos, y lo que quedó sin decirse entre ellos.
Un día cualquiera en Edimburgo: mientras Olivia Muriel contempla un cielo despejado y se toma un descanso junto a Ross Fountain, su teléfono suena. Es un número que jamás borró de sus contactos. Al otro lado, primero silencio, luego una respiración entrecortada, y finalmente una voz que destroza su alma: ¿Papá? La comunicación se corta dejándola paralizada, temblando, incapaz de respirar. Hace poco más de dos años que trata de superar sus demonios interiores, ese sentimiento de culpa que la asfixia como una soga.
Olivia ha regresado a Escocia como investigadora, becada en la Universidad de Edimburgo. Su llegada a Hart Street marca el comienzo de una nueva etapa, pero también la reapertura de viejas heridas. Siete meses atrás vivió algo que ni un año entero podría asimilar completamente. Y aunque todos insisten en que lo inevitable no podría haberse evitado, ella sabe que si se hubiera dejado guiar por sus sentimientos en lugar de por los juicios de los demás, las cosas habrían sido diferentes.
Años antes, en el mercado de San Agustín de Granada, Olivia conoció a Duncan. Un turista escocés encantador, diseñador gráfico, que preguntó por un chirimoyo con un acento irresistible. Lo que comenzó como un café casual en una terraza se convirtió en una historia que redefinió su existencia. Duncan era un hombre peculiar, complejo, que desconfiaba de las ataduras emocionales. Viajaba solo porque había aprendido a ser independiente desde pequeño. Sus padres emigraron a Canadá; cuando el padre enfermó, Duncan lo abandonó todo y regresó a Escocia para cuidarlo hasta su muerte.
Ahora, en Hart Street, Olivia recibe un correo de Ethel Boyd, que trabaja en una tienda solidaria de Stockbridge. Han llegado pertenencias de Alastair Murray, y algunos artículos podrían interesarle antes de ponerlos a la venta. Olivia conoce ese secreto: Alastair era el verdadero nombre de Duncan, sus iniciales a.d. que usaba en los correos. Solo su madre lo llamaba así, cuando se enfadaba. Una verdad a medias que Olivia debe desentrañar ahora que ha vuelto.
Entre la culpa, los secretos guardados y las preguntas sin respuesta, Olivia se enfrenta a la tarea de cerrar definitivamente el capítulo más bonito y más triste de su vida. No se trata solo de investigación académica. Se trata de encontrar al Duncan que nunca llegó a conocer completamente, de descubrir por qué guardaba tanto, de comprender qué quedó sin decirse entre ellos.
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