El maestro Murillo, ya en sus últimos años, trabaja en su taller sevillano obsesionado por encontrar el azul exacto para un encargo: los Desposorios de Santa Catalina.
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El maestro Murillo, ya en sus últimos años, trabaja en su taller sevillano obsesionado por encontrar el azul exacto para un encargo: los Desposorios de Santa Catalina. Entre el olor a maderas de Indias y la búsqueda de la tonalidad perfecta, sube a un andamio a pesar de sus dolencias. Una caída lo devuelve a los recuerdos de su infancia, cuando era niño aprendiz en la casa de su padre cirujano-barbero y soñaba con pintar el cielo reflejado en el pozo del patio.
En el taller sevillano del maestro Bartolomé Esteban Murillo flota un aroma inconfundible a maderas de Indias. Cedros, caobas y palisandros transportados desde ultramar envuelven los cuadros en un perfume que el maestro ha conocido desde su juventud, cuando era mozo aprendiz en el obrador de Juan del Castillo. Ahora, ya entrado en años y aquejado por dolencias que no le ceden, Murillo sigue trabajando con la obstinación de quien sabe que no le queda mucho tiempo. Su última obsesión es encontrar el azul exacto, ese azul de ultramar que necesita para los Desposorios de Santa Catalina.
No es un color cualquiera el que busca. Es el azul atlántico de mares lejanos que los marineros describen en tonos imposibles: grises, rojos, casi negros. Murillo ha probado con pigmentos y resinas, ha mezclado blanco de plomo con aceite de nueces, ha considerado agregar agua del mar de Cádiz. Pero nada satisface su exigencia de artista consumado. Mientras sube por el andamio construido en el taller, a pesar de las advertencias de su médico, carga con la paleta y un cuenco de pigmento azul. Una caída lo lanza al vacío, interrumpiendo su búsqueda y devolviéndolo maltrecho a la realidad del dolor.
La novela entrelaza el presente del maestro envejecido con los recuerdos de su infancia en la casa de su padre, cirujano-barbero de Sevilla. En ese pasado remoto, el niño Bartolomé observa las sanguijuelas que su padre aplica a los enfermos, mientras imagina cielos en las paredes tiznadas y cultiva secretamente sus propios gusanos en el pozo del patio. Esos primeros impulsos de crear prefiguran al pintor que será.
La novela es una meditación sobre el oficio, sobre cómo la materia respira bajo la mano del maestro, sobre los colores que envejecen como si tuvieran vida propia. Es un retrato de la obsesión del artista que busca la perfección en cada tonalidad, en cada pincelada, sabiendo que el tiempo erosiona toda obra. Sevilla, con sus ríos y puertos del Nuevo Mundo, es el escenario donde la pintura y la vida se entrelazan.
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