Maestros, jueces e historiadores evalúan diariamente el carácter ajeno sin dudas teóricas sobre cómo hacerlo: comprenden acciones, descubren motivaciones.
Descargar
Maestros, jueces e historiadores evalúan diariamente el carácter ajeno sin dudas teóricas sobre cómo hacerlo: comprenden acciones, descubren motivaciones. Pero bajo esta práctica reposa una doctrina que Ryle rechaza: la cartesiana, que presenta mente y cuerpo como sustancias radicalmente distintas. Esta bifurcación genera un enigma aparentemente irresoluble. Ryle propone que el error no es empírico sino categorial: nuestros conceptos mentales pertenecen a una lógica distinta de la que les atribuye el dogma oficial, y rectificar esa geografía lógica es destruir el mito del fantasma en la máquina.
Ryle comienza con una observación concreta: maestros, jueces, historiadores y novelistas evalúan diariamente el carácter de quienes tratan. Comprenden acciones, descubren motivaciones, corrigen sus errores evaluativos conforme a los resultados. Este conocimiento funciona, se perfecciona con la práctica. Nadie lo niega en la experiencia cotidiana.
Sin embargo, bajo esta práctica descansa una teoría de la mente que Ryle considera profundamente equivocada: la doctrina cartesiana del dualismo. Según la doctrina oficial, todo ser humano posee un cuerpo y una mente. El cuerpo existe en el espacio, obedece leyes mecánicas, es observable. La mente no ocupa espacio, sus operaciones no son mecánicas, son privadas y solo accesibles mediante introspección. Cada persona vive dos historias paralelas: una pública y corporal, otra privada y mental.
Esta bifurcación genera un enigma teórico irresoluble dentro del esquema cartesiano: si mente y cuerpo son sustancias radicalmente distintas, ¿cómo se influyen? Deseo algo y mis piernas actúan; algo afecta mis sentidos y lo percibo mentalmente. Las conexiones causales entre lo privado y lo público quedan misteriosas, pues no pueden pertenecer a ninguna de las dos series por definición.
Peor aún: la teoría conduce a conclusiones absurdas. Si solo yo tengo acceso directo a mi propia mente, no tengo fundamento para afirmar que otras mentes existen. Mis inferencias sobre la interioridad ajena no pueden verificarse. La doctrina oficial lleva lógicamente al solipsismo: somos islas mentales en soledad absoluta.
Pero aquí emerge la contradicción central: aunque la teoría sostiene que las mentes son opacas las unas a las otras, usamos de hecho conceptos mentales con regularidad cuando describimos comportamientos ajenos. Sabemos aplicar palabras como inteligente, vanidoso o cuidadoso; sabemos cuándo aplicarlas correctamente y cuándo corregir nuestros usos. La práctica cotidiana contradice la teoría.
Ryle propone que la doctrina oficial comete un error categorial: presenta los hechos mentales como si pertenecieran a una categoría lógica cuando en realidad pertenecen a otra. No son errores subsanables manteniendo la arquitectura teórica. Es un mito filosófico fundamental que distorsiona la geografía lógica de nuestros conceptos. Rectificar esa geografía mediante análisis riguroso es el propósito de este libro.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.