La mañana del 2 de noviembre de 1972, tres jóvenes revolucionarios convergen en la calle La Salle de Zaragoza con un plan que creían sencillo: asaltar el consulado francés para protestar contra el apoyo de Francia al régimen franquista.
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La mañana del 2 de noviembre de 1972, tres jóvenes revolucionarios convergen en la calle La Salle de Zaragoza con un plan que creían sencillo: asaltar el consulado francés para protestar contra el apoyo de Francia al régimen franquista. La novela de Esteban Navarro entrelaza ese momento fatal con la vida entera de Roger Tur, el cónsul honorario de Francia. La obra reconstruye quién fue realmente ese hombre que enfrentó con ingenio y humanidad los años más convulsos del siglo XX, desde la guerra civil hasta la represión del tardofranquismo.
En la mañana del 2 de noviembre de 1972, tres jóvenes revolucionarios convergen en la calle La Salle de Zaragoza frente al consulado francés. Llevan un bidón de gasolina y pintura roja: querían hacer un acto de protesta espectacular que toda la prensa recogiera. Pero lo que comienza como un asalto simbólico desembocará en tragedia irreversible.
La novela de Esteban Navarro entrelaza ese fatídico jueves con la vida completa de Roger Tur, cónsul honorario de Francia en Zaragoza durante cuarenta años. Tur no era un diplomático destacado en grandes capitales. Era un empresario discreto que dirigía una pequeña fábrica de melaza y regaliz, una presencia cotidiana en la ciudad. Bajo esa aparente normalidad, bajo esa vida de mercader zaragozano, latía una historia de heroísmo silencioso.
Durante la guerra civil, Roger Tur usó su cargo consular e ingenio para proteger a los perseguidos. No lo hizo con gesto de héroe cinematográfico, sino con la discreción del que entiende que ciertos actos no deben proclamarse. Durante la ocupación nazi de Europa, continuó su lucha desde las sombras, usando su posición diplomática como un arma inteligente contra el totalitarismo. Fue un hombre que eligió estar donde se necesitaba, aunque significara soledad e incomprensión de sus propias jerarquías.
La novela transita entre la Zaragoza de los años cuarenta, traumatizada por la guerra, y la de los años setenta, asfixiada por una dictadura agonizante. Navarro reconstruye con precisión los espacios: calles, comercios, bares, cines, la ropa, las películas. Todo ello sirve de escenografía a una reflexión sobre el precio del compromiso moral en tiempos de represión y los choques irreconciliables entre generaciones: la de Tur, que resistía desde la astucia y la compasión, y la de estos jóvenes, que creían que la revolución brotaría del acto violento.
El cónsul infiltrado es una novela sobre el conflicto entre el silencio noble y el grito desesperado, entre la acción meditada y el impulso juvenil. Es un acta de reconocimiento a alguien que vivió con ética en época de barbarie, cuya muerte fue resultado de un malentendido trágico: muchachos que querían golpear un símbolo sin saber que detrás había un hombre que pasó su vida protegiéndolos.
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