Una noche de tormenta, mientras los ancianos rezan junto al fuego, irrumpe en el cortijo del Sol una mujer joven huyendo de bandidos: es Gabriela, una huérfana sin más fortuna que el colchón donde murió su madre.
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Una noche de tormenta, mientras los ancianos rezan junto al fuego, irrumpe en el cortijo del Sol una mujer joven huyendo de bandidos: es Gabriela, una huérfana sin más fortuna que el colchón donde murió su madre. Su llegada al hogar de Roberto —un antiguo bandido consumido por el dolor tras la muerte de su esposa— despierta en él el recuerdo de la virtud perdida. A través del amor y la paciencia, ella lo arrastra hacia la redención.
En las cercanías de Despeñaperros se levantaba el cortijo del Sol. Roberto, su dueño, había conocido la dicha junto a su esposa, pero su muerte lo sumió en desesperación llevándolo al alcohol y malas compañías. Pronto se convirtió en teniente de una banda de bandidos, desapareciendo meses mientras sus ancianos padres y su hijo caían en la miseria.
Una noche de tormenta irrumpió Gabriela: una joven huérfana que huía de bandidos tras escapar de una mensajería asaltada. Los ancianos la acogieron sin dudarlo. Roberto, al saber lo ocurrido, castigó con furia al bandido que la había amenazado.
Gabriela permaneció en el cortijo, y su virtud devolvió la vida a la casa desolada. Ganó el cariño del niño y el afecto de los ancianos. Roberto fue cautivado por aquella mujer cuya bondad contrastaba con su propia corrupción moral. Cuando pidió matrimonio, Gabriela impuso una condición ineludible: no se uniría a un hombre cuyo nombre fuera deshonra para su hijo. Roberto desapareció durante dos meses. Cuando regresó, anunció que había dejado atrás su pasado: adoptaría el apellido de su madre y comenzarían una nueva vida en Guipúzcoa, lejos del cortijo. Al día siguiente, la casa ardía en llamas.
La virtud de Gabriela había logrado lo que parecía imposible: la redención de un hombre perdido en el crimen.
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