Prípiat se construyó en los setenta para los trabajadores de Chernóbil. Un cine llevaba el nombre de Prometeo; ante él, una estatua de bronce del titán extendía los brazos hacia el cielo. Luego la explosión, la radiación, los liquidadores.
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Prípiat se construyó en los setenta para los trabajadores de Chernóbil. Un cine llevaba el nombre de Prometeo; ante él, una estatua de bronce del titán extendía los brazos hacia el cielo. Luego la explosión, la radiación, los liquidadores. Esa escultura persiste ante la central como testimonio de un límite. Flahault parte de esta imagen para investigar cómo el ideal de dominio ilimitado ha moldeado Occidente desde el Renacimiento, alimentando tanto nuestras ambiciones de progreso como las catástrofes que generamos.
François Flahault propone una arqueología del ideal prometeico que define la modernidad occidental. No se reduce al frenesí capitalista o técnico, sino que subyace en valores más profundos: la libertad, el progreso, la emancipación que occidente celebra como propios. Desde el Renacimiento, sistemas políticos antagónicos —marxismo-leninismo y ultraliberalismo, nazismo y democracia liberal— han compartido esta misma inspiración.
El libro examina cómo este ideal se asentó sobre una convicción: mediante el conocimiento, el hombre se convierte en dueño y señor de la naturaleza. Descartes lo expresó con precisión: si conocemos el fuego, el agua, el aire como conocemos los oficios de nuestros artesanos, podremos emplearse para nuestros fines. Esta visión proporcionó un marco y dirección a la ciencia y la técnica, pero penetró también la filosofía, las artes, la política y la economía.
Flahault contrasta dos visiones del mundo: la economía y la ecología. Ambas comparten la raíz griega oikos (casa, ámbito), pero con alcances radicales. La economía traza una frontera donde sus cálculos terminan: los recursos extraídos, los residuos vertidos, los daños a la vida humana sin precio de mercado quedan afuera. La ecología contempla un oikos sin límites: ciclos del carbono, bosques, biodiversidad, interdependencias complejas.
El problema radica en que la economía, aunque incluida en la ecología, le impone su ley. Mientras el dinamismo prometeico mantiene una sed insaciable de crecimiento material, topa con los límites reales del planeta. El libro invita a pensar de otro modo quiénes somos y nuestro lugar en el mundo, como condición para que la visión ecológica pueda desplazar el ideal de desmesura.
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