Un hombre despierta con resaca en la biblioteca de una casa ajena. Josephine, el ama de llaves, grita por un cuchillo robado; Eddie, el niño travieso, bromea con la noticia de un asesinato cometido durante la noche.
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Un hombre despierta con resaca en la biblioteca de una casa ajena. Josephine, el ama de llaves, grita por un cuchillo robado; Eddie, el niño travieso, bromea con la noticia de un asesinato cometido durante la noche. Entre la confusión de una borrachera y la negación de lo imposible, Tom Partridge descubre que Linda Taylor, mujer de elegancia silenciosa, acaba de perder más que un marido que la engañaba con su modelo. Un crimen que lo despierta de sus ilusiones de años.
Tom Partridge abre los ojos en la biblioteca de la casa de Linda Taylor con la boca seca y la cabeza palpitante. La noche anterior está borrosa: Martinis en un bar, el tren de las seis de la tarde, conversaciones en el vagón. Ahora, mientras lucha contra el mareo y la resaca, la voz de Josephine, el ama de llaves, atraviesa la casa buscando a Eddie, el niño travieso hermanastro de Wayne. Falta un cuchillo para la carne. Eddie irrumpe en la biblioteca con su sonrisa burlona, anunciando sin importancia que anoche cortaron el cuello a una mujer en esa misma casa.
Tom no quiere creerlo. La muerte violenta pertenece a los titulares de los periódicos, no a las personas que uno conoce, con las que se bebe y come. Pero Josephine lo llama desde la puerta, su voz ahora grave. Lo invita a subir. Tom sube la escalera de dos en dos escalones y en el dormitorio del extremo del corredor, ante un lecho de cortinas corridas, descubre lo que no puede comprender: el cuerpo inmóvil, los cabellos brillantes en la penumbra.
Días atrás, Linda le había contado en el tren que Wayne, su marido escultor, se había marchado con Daisy Vane, una modelo. Linda no amaba a Wayne. Llevaba años sin amarlo. Pero odiaba a Daisy. Odiaba la manera en que la otra mujer había entrado en su sala de estar, le había dicho que no comprendía a su marido. Odiaba el descaro de una infidelidad que se presentaba como un derecho.
Tom Partridge ha estado enamorado de Linda durante años. Trabaja con ella en la casa de modas donde ella es la dibujante principal. La ronda con cuidado, esperando que algún día rechace a Wayne, esperando estar a su lado cuando suceda. Linda es elegante, esbelta, perfecta como las muñecas de los escaparates, pero con una suavidad que vuelve loco a cualquiera. El asesinato lo deshace todo. Los rostros de Wayne, de su madre, de Josephine y de Eddie flotan en la habitación como máscaras de un verde pálido, destituidas de realidad.