Un barcelonés culto y ácido regresa a la capital durante las movilizaciones independentistas de 2012. Intenta escapar de la fervorosa política catalana, pero el vicio resulta irresistible: desde Nueva York sigue obsesivamente los diarios…
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Un barcelonés culto y ácido regresa a la capital durante las movilizaciones independentistas de 2012. Intenta escapar de la fervorosa política catalana, pero el vicio resulta irresistible: desde Nueva York sigue obsesivamente los diarios nacionalistas. En sus anotaciones personales, observa con escepticismo satírico cómo sus compatriotas confunden la realidad política con fantasía, comparándolos sin piedad con cultores de Jane Austen o aficionados a Star Trek, todos sumidos en mundos imaginarios e inofensivos.
Una mañana de septiembre de 2012, alguien regresa a Barcelona después de pasar dos días en el campo. La ciudad hierve de agitación política: una cadena humana ha congregado a miles de catalanes exigiendo independencia. Aunque el narrador ha intentado aislarse en la holganza rural, siente un desasosiego magnético que lo obliga, apenas llega a casa, a devorarse toda la prensa digital y engancharse a TV3 hasta altas horas. ¿Por qué? Porque, como admite con amargura, está enganchado a Cataluña, un vicio más difícil de abandonar que el alcohol o la droga.
Lo que sigue es un diario de viaje entrelazado con reflexiones políticas, satírico y despiadado. El narrador observa que los catalanes son extremadamente obedientes: cuando se los convoca a manifestarse ante vejaciones imaginarias, acuden como un solo hombre. Compara el fervor independentista con convenciones de aficionados a Star Trek o con el Jane Austen Festival de Bath. Todos viven en mundos irreales, reflexiona, pero al menos los trekkies y los cultores de la novela romántica son inofensivos, mientras que los nacionalistas catalanes molestan, ofenden e insultan.
Desde Nueva York, el narrador intenta escapar de la política catalana pero la adicción es ineludible. Lee diarios como E-Noticies y Nació Digital desde su apartamento en el Village, donde la película que su amiga Isabel está rodando ocupa un espacio absurdo en su mente junto con los avatares del independentismo. Comenta la vaguedad de cartas políticas, critica propuestas de doble nacionalidad, denuncia nepotismo y manipulación mediática, especialmente un informativo infantil donde niños reclaman independencia.
El estilo es brutal en su sarcasmo: compara a políticos con Walt Disney; menosprecia plataformas independentistas; se burla sin piedad. Bajo la cáscara cínica hay angustia: la de quien se siente aislado en su propio país, repugnado pero incapaz de dejar de mirar. El diario captura septiembre de 2012, cuando la movilización alcanzaba nuevas cotas. Es testimonio de la brecha que se abría en la sociedad catalana, visto desde quien rechaza tanto la fantasía nacionalista como la obediencia del populacho.
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