En las primeras horas de la mañana, un periodista se afirma en su oficio apenas despierto: escribir la necrológica de un empresario fallecido en carretera.
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En las primeras horas de la mañana, un periodista se afirma en su oficio apenas despierto: escribir la necrológica de un empresario fallecido en carretera. Lo que comienza como encargo rutinario se convierte en investigación cuando su hija lo busca en un bar con una certeza: aquello no fue accidente. Juntos descubrirán un apartado postal secreto, juegos de dinero en internet y desafíos que franquean la frontera entre lo digital y lo criminal. La muerte de Escámez es apenas la superficie de una trama donde elegir un nombre falso se cobra en sangre real.
Juan Valcárcel, periodista en declive, recibe el encargo de escribir una necrológica sobre Alonso Escámez, empresario fallecido en accidente de tráfico. La viuda lo recibe con cortesía helada en su mansión de Cañamero, le entrega un dossier impecable y lo despide con una sonrisa displicente. Valcárcel regresa al hotel decidido a redactar un panegírico insulso.
Esa noche, en una cantina destartalada, Laura lo intercepta. Es la hija de Escámez: morena, delgada, con la rebeldía de quien viste marcas caras pero las desaliña. Afirma que la muerte de su padre no fue accidental. Valcárcel la descarta como muchacha caprichosa, pero algo en su expresión lo detiene.
Laura revela detalles perturbadores: su padre tenía comportamientos extraños en los últimos meses. Lo más inquietante es la existencia de un apartado postal secreto en el pueblo más cercano a su casa. ¿Por qué alguien con el poder de Escámez necesitaría confidencialidad? Valcárcel accede a investigar.
En la oficina de correos encuentran un sobre depositado el día anterior al accidente. Su contenido abre una puerta a un mundo oculto: un juego clandestino en internet donde usuarios anónimos bajo alias proponen desafíos progresivamente arriesgados, acompañados de apuestas económicas reales.
El mecanismo es sofisticado. Participantes seleccionados reciben desafíos que circulan mediante apartados postales. Cada cuarenta y ocho horas, alguien añade dificultad y reenviá el reto. Cuando la rueda se detiene, el poseedor debe completar el desafío en dos semanas. El éxito le otorga todas las apuestas; el fracaso lo obliga a pagar el doble.
Escámez, bajo el alias Dorian, participaba en ese juego. Su desafío era específico: sustraer un cuadro de Duchamp de una mansión. Las instrucciones incluían fotografías precisas de la galería, la obra, la familia propietaria. Todo estaba diseñado con exactitud quirúrgica.
La pregunta central emerge inevitable: ¿intentó Escámez completar el desafío? ¿Fue el accidente consecuencia de ese juego? ¿O fue castigo por no poder o no querer ejecutar lo ordenado?
Lo que comenzó como una necrológica de circulación fugaz se revela como el umbral de una trama donde la frontera entre lo digital y lo físico, entre el juego y el crimen, entre la libertad de inventarse bajo un alias y las consecuencias reales, se disuelve por completo.
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