Mientras Verónica cierra la puerta tras una bulliciosa Nochebuena, descubre un sobre antiguo bajo los maceteros de la entrada. Sin remitente ni destinatario, está fechada el veinticuatro de diciembre de mil novecientos setenta y dos.
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Mientras Verónica cierra la puerta tras una bulliciosa Nochebuena, descubre un sobre antiguo bajo los maceteros de la entrada. Sin remitente ni destinatario, está fechada el veinticuatro de diciembre de mil novecientos setenta y dos. Dentro, un hombre evoca el primer beso con una mujer llamada A junto a un campo de fútbol helado, un recuerdo que guardó como su posesión más preciada. Cincuenta años después, la carta ha llegado finalmente a sus manos. Así comienza la búsqueda de una identidad oculta y un amor que el tiempo congeló.
La noche del veinticuatro de diciembre, mientras Verónica celebra con dieciséis invitados en su casa, un hombre desconocido deja una carta antigua bajo uno de los maceteros de la entrada. Cuando la festividad concluye, ella descubre el sobre de color ocre: escrito con caligrafía excepcional, carente de remitente y sin destinatario aparente. Verónica, siempre curiosa, abre la misiva después de acostar a su hijo Diego y cumplir el ritual de Papá Noel. Lo que encuentra es una carta fechada el veinticuatro de diciembre de mil novecientos setenta y dos. El autor es anónimo, pero el contenido es profundamente íntimo. Narra cómo el aroma de castañas asadas lo trasladó a un momento del pasado: su primer beso con una mujer a quien llama únicamente A. Sucedió en un día de invierno junto a un campo de fútbol, cuando ella lo esperaba fingiendo encontrarse con otra amiga. Él le calentaba las manos heladas hasta que llegó el beso, un recuerdo que ha guardado como si fuese un tesoro. Pero hay más en esas palabras. Revelan el conflicto silencioso de alguien casado con una mujer buena llamada María, alguien que eligió el deber sobre el deseo, pero cuya memoria lo atrapó irremediablemente en los labios de otra persona. La carta es un testamento del tiempo, una confesión que cruzó cinco décadas. Ahora, en las manos de Verónica, surge una pregunta inquietante: ¿para quién estaba realmente destinada? ¿Era ella la receptora prevista? ¿O fue deliberadamente colocada en su puerta por alguien que sabía exactamente lo que hacía?
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