Una chica de dieciséis años escribe su diario en Leningrado. Mientras prepara un examen de literatura, memorizando fechas y biografías, su mente está en Vovka, un compañero de clase.
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Una chica de dieciséis años escribe su diario en Leningrado. Mientras prepara un examen de literatura, memorizando fechas y biografías, su mente está en Vovka, un compañero de clase. Cuatro días después, el 22 de junio de 1941, la Alemania fascista invade la Unión Soviética. La ciudad quedará cercada durante ochocientos setenta y dos días. El diario de Lena Mujina registra entonces la lucha cotidiana por sobrevivir al hambre, el frío extremo y la muerte masiva en una ciudad convertida en infierno.
Leningrado, 22 de mayo de 1941. Una adolescente de dieciséis años se sienta en su pupitre para un examen de literatura. Ha estudiado toda la noche, memorizando biografías y fechas de autores antiguos. Está nerviosa por la prueba, pero su atención verdadera está en Vovka, el chico sentado delante, en cómo vería su tristeza si suspendiera. Es un momento de normalidad todavía frágil: nervios de colegiala, enamoramiento adolescente, la rutina cotidiana de una ciudad imperial.
Cuatro días después, el 22 de junio, la Alemania fascista invade la Unión Soviética. En semanas, Leningrado quedará cercada. Durante ochocientos setenta y dos días, la ciudad vivirá un asedio sin precedentes.
Este diario es el registro de esos días desde quien los vivió. Lena Mujina escribe sobre el hambre que reduce el pan a arcilla y serrín, sobre las raciones divididas hasta el punto de ser envenenamiento lento. Escribe sobre el frío que congela las tuberías, apaga la luz y obliga a quemar muebles, puertas y pisos enteros. Escribe sobre la muerte que se apodera de las calles a un ritmo de ciento diez a ciento sesenta personas por hora en los meses más terribles.
Pero también escribe sobre lo que persiste: la obstinación de seguir estudiando en una ciudad que se desmorona, de llevar un espectáculo de Año Nuevo con danzas y comida para los colegiales, de limpiar las calles de cadáveres para evitar epidemias. Escribe sobre la dignidad que algunos encuentran cuando el cuerpo es poco más que una sombra. Escribe sobre los compañeros que desaparecen, sobre la culpa de sobrevivir, sobre la extraña proximidad entre lo horrible y lo cotidiano.
El diario comienza antes de la tragedia y termina cuando Lena consigue abandonar la ciudad al llegar la primavera, cuando lo peor parecía haber quedado atrás pero aún faltaban meses para el fin del asedio. Es un testimonio de sinceridad descarnada: la voz de una adolescente que mezcla la ingenuidad con una sabiduría forzada, que cuenta lo que ve y lo que siente sin filtro, sin buscar heroísmo ni justificación.
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