Una escena se repite en la memoria del comisario Maigret: el calor sofocante de junio, los papeles volando en su despacho mientras París se prepara para la visita del rey de España, y un telegrama anónimo que lo arranca hacia un pueblo que…
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Una escena se repite en la memoria del comisario Maigret: el calor sofocante de junio, los papeles volando en su despacho mientras París se prepara para la visita del rey de España, y un telegrama anónimo que lo arranca hacia un pueblo que ni siquiera conocía. En Sancerre, frente a un cadáver que guarda un parecido inquietante con la fotografía de la esposa, Maigret debe descifrar la muerte de un hombre común: Emilio Gallet, viajante de comercio, un personaje que desafía las explicaciones fáciles.
El 27 de junio de 1930, Maigret recibe la noticia mientras la Policía Judicial entera está movilizada por la visita del rey de España. Con los inspectores fuera, el director en Praga y el subdirector de vacaciones, el comisario debe ocuparse de todo en medio de un calor sofocante. Entonces llega un telegrama de Nevers: Emilio Gallet, viajante de comercio domiciliado en Saint-Fargeau, ha sido asesinado en el Hotel del Loira durante la noche del veinticinco al veintiséis. Maigret apenas tiene tiempo de llorar su tranquilidad.
En Saint-Fargeau, a treinta y cinco kilómetros de París, en una parcelación nascente donde solo una casa está terminada —Las Margaritas—, vive la señora Gallet. Es una mujer de cincuenta años, desagradable, envuelta en oro y seda, de una rigidez que considera indispensable para su dignidad. Pero posee una defensa inesperada: una postal fechada el día veintiséis, con matasellos de Rouen, que prueba que su esposo aún vivía cuando Emilio Gallet ya estaba muerto.
O así lo parece. Maigret, incómodo, debe acompañarla a Sancerre en un tren sofocante. Durante el viaje, la señora Gallet mantiene su postura inmóvil, las manos sobre el bolso, la cabeza ligeramente inclinada, negando cada verdad que el comisario intenta revelarle. Cuando llegan al pueblo blanco crudo junto al Loira, cuando Maigret levanta el lienzo blanco que cubre el cuerpo en el patio de la escuela, la mujer grita sin articular palabras coherentes. No hay duda: es su esposo.
Ahora Maigret deberá vivir semanas en la más desconcertante intimidad con un muerto que no cesa de sorprenderlo.
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