Un Dobermann espera pacientemente a su dueña, dispuesto a seguirla sin cuestionamiento. Así se abre la verdadera historia de una raza envuelta en mitos infundados: que enloquecen, que son asesinos por naturaleza, que nadie debería vivir…
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Un Dobermann espera pacientemente a su dueña, dispuesto a seguirla sin cuestionamiento. Así se abre la verdadera historia de una raza envuelta en mitos infundados: que enloquecen, que son asesinos por naturaleza, que nadie debería vivir con ellos. La autora desmiente estas leyendas con ejemplos concretos. El auténtico Dobermann es un perro profundamente personal, intensamente leal, sensible a la justicia, capaz de respetar límites. Su carácter no depende de genes malditos sino de la educación que recibe y el trato que su dueño le dispensa.
Cuando un Dobermann espera junto a la puerta, atento a cada sonido de la escalera, está siendo exactamente lo que su dueño le permitió ser. Así comienza esta exploración del carácter real de una raza envuelta en mitos absurdos. Durante años, la autora ha escuchado los mismos rumores: que el Dobermann enloquece porque su cerebro no cabe en el cráneo, que sus colmillos le perforan el cerebro, que el corte de orejas permite que el aire le vuelva loco. Nadie que cuenta estas historias posee realmente un Dobermann ni conoce a alguien que lo tenga, sin embargo afirman estas barbaridades con certeza absoluta.
Frente a esta fantasía colectiva, la autora presenta observaciones directas basadas en convivir con la raza. El verdadero Dobermann es personal en sentido literal: requiere convivencia cercana con su familia, no acepta estar apartado en un garaje. Es profundamente afectuoso, siguiendo a su dueño de habitación en habitación, mostrando lealtad que roza la sumisión.
Lo que distingue al Dobermann es su sensibilidad a la injusticia. Acepta castigos merecidos con resignación, pero rechaza ser reprendido por actos que no recuerda. Posee un sentido innato de lo justo, reflejado incluso en sus relaciones con otros perros: si uno recibe una galleta, los demás esperan su turno.
Su comportamiento con los niños ejemplifica esta naturaleza controlada. No muerde a quien lo maltrata, sino que usa empujones suaves o se retira. Los padres que aleccionan al perro por defenderse cometen una injusticia que registra.
El Dobermann no es flexible. Una vez aprende cómo funcionan las cosas, insiste en ese orden, viéndolo como jerarquía natural. El núcleo es claro: será siempre lo que su dueño le permita ser. El noventa por ciento de sus virtudes y problemas derivan de la educación desde cachorro, de la dedicación del dueño, de la presencia de un líder respetado.
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