Micklaw es un dragón joven criado en soledad en una cueva de hielo en la montaña de Rialta. Cuando explora los pasillos laberínticos de su hogar, descubre a un hombre congelado en una columna de hielo, perfectamente conservado, como si…
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Micklaw es un dragón joven criado en soledad en una cueva de hielo en la montaña de Rialta. Cuando explora los pasillos laberínticos de su hogar, descubre a un hombre congelado en una columna de hielo, perfectamente conservado, como si solo durmiera. Convencido de que sigue vivo, el dragón decide sacarlo de su tumba helada. Así comienza una amistad improbable entre una criatura metamorfo que ignora el concepto del bien y el mal, y un misterioso desconocido cuyo despertar traerá consigo secretos enterrados en el hielo.
En lo alto de la montaña Rialta, cubierta de nieve eterna, existe una cueva de hielo llamada Cueva del viento gélido. Sus pasillos laberínticos se retuercen bajo formaciones cristalinas que distorsionan la luz en tonos azulados, creando un paisaje hermoso e inhóspito. Allí vive Micklaw, un dragón metamorfo de apenas sesenta años —aproximadamente dieciséis o dieciocho en términos humanos—, criado durante cuarenta años por un jugoin, una criatura de piedra inmóvil que nunca ha parpadeado.
Micklaw es un ser sin concepto moral, ajeno a nociones de bien o mal. Para él, solo existen las cosas divertidas y las que no lo son. Robar gurripatos al pastor Kevin es divertido; capturarlo y lanzarlo desde las alturas lo es aún más. Su única compañía es la estatua silenciosa del jugoin y los ecos vacíos de la cueva que explora constantemente, buscando entretenimiento en los escondrijos helados.
Un día, mientras camina entre columnas retorcidas de hielo, Micklaw descubre algo imposible: un hombre congelado dentro de una estalagmita, tan perfectamente conservado que parece dormir. A diferencia de los esqueletos desecados que encuentra habitualmente, este desconocido mantiene su forma intacta, su piel pálida, su ropa de cuero oscuro y las herramientas misteriosas en su cintura. Contra toda lógica, Micklaw percibe que aún respira, que sigue vivo dentro de su prisión de hielo.
Impulsado por algo que no entiende —ni siquiera sabría nombrar como compasión—, el dragón trabaja para liberarlo. Rompe la columna con garras y puños, la arrastra por los túneles helados, y finalmente la deja en su habitación improvisada en la cueva. Ahora enfrenta el desafío de descongelarlo sin matarlo, iniciando una aventura que irá más allá de lo que su juventud ignorante puede comprender.
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