Wora está asediada por su propio ejército bajo un régimen de terror absoluto. Hace siete años, un planetillo errante desató el pánico entre los habitantes de Uhlan.
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Wora está asediada por su propio ejército bajo un régimen de terror absoluto. Hace siete años, un planetillo errante desató el pánico entre los habitantes de Uhlan. Cuando los exploradores de Ankor investigaron este cuerpo celeste misterioso, descubrieron que no se trataba de un asteroide natural, sino de una colosal cosmonave artificial de una raza humanoide desaparecida, equipada con tecnología inconcebiblemente avanzada. En su interior hueco, ciudades completas permanecen silenciosas. El hallazgo enciende rivalidades políticas y despierta temores sobre una posible invasión.
Wora permanece sitiada. Hace cinco días, la capital de Kiushu está cercada por su propio ejército. Las carreteras están bloqueadas, campos de minas sembrados, patrulleros vigilantes en cada punto. Desde el atardecer hasta el alba rige un toque de queda absoluto; quien intente escapar corre riesgo de ser abatido. Los automóviles de la Policía Militar cruzan las calles desiertas con bocinas estridentes. El miedo se ha apoderado gradualmente de todo el planeta Uhlan.
El terror tiene origen siete años atrás, cuando un cuerpo celeste desconocido apareció en el cielo: un planetillo errante que, según los cálculos científicos, colisionaría con Ura, el sol verde, causando una catástrofe que destruiría Bodna, el sol amarillo, y arrastraría a Uhlan a su aniquilación. La antigua mitología uhlanita hablaba de este destino fatal; la ciencia moderna lo confirmaba.
Pero el planetillo cambió de rumbo. Luego sucedió algo más inquietante: estaba frenando, adaptando deliberadamente su velocidad, situándose en una órbita planetaria. Una inteligencia superior lo guiaba.
La República de Ankor, única nación con experiencia espacial, decidió investigar. Su Armada Sidérea alcanzó el planetillo y desembarcó en una superficie árida cubierta de rocas grises y cráteres profundos. Encontraron observatorios astronómicos de dimensiones colosales, rampas de lanzamissiles, y estructuras metálicas de doce kilómetros de diámetro. Dentro descubrieron ciudades subterráneas intactas: plazas, parques con vegetación selvática, apartamentos confortables, capaces de albergar a un millón de habitantes. Pero nadie vivía en ellas. Cada plataforma circular resultó ser una cosmonave de arokalina, metal sintético de propiedades extraordinarias, autónoma y capaz de navegar el espacio sin límites.
Los exploradores encontraron vestigios de antiguos ocupantes: una raza humanoide sorprendentemente similar a los uhlanitas, aunque mamíferos. Desaparecidos sin rastro.
Pero el planetillo no estaba deshabitado. Era hueco. Su interior albergaba un mundo entero: atmósfera respirable, océanos, bosques exuberantes, cordilleras, ríos y lagos. Un sol artificial brillaba a gran altura. Ciudades ruinosas se extendían sobre miles de kilómetros cuadrados. En el polo sur, cien mil aeronaves de combate flotaban como una nube amarilla.
El descubrimiento desata temores ancestrales. Los rumores hablan de invasores procedentes de galaxias remotas, de superhombres portadores de armas de poder ilimitado. El Gobierno de Ankor intenta calmar los ánimos, pero nadie cree. Los científicos se sumergen en los misterios de una tecnología inconcebible.
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