En un zoológico provincial, un director hincha un elefante de goma para reemplazar al auténtico. Cuando el viento lo arrastra, nadie se sorprende.
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En un zoológico provincial, un director hincha un elefante de goma para reemplazar al auténtico. Cuando el viento lo arrastra, nadie se sorprende. Así comienzan estas historias satíricas donde lo absurdo corrompe todo: un progresista vive enjaulado en la casa de un abogado como mascota; un pueblo se hunde en supersticiones mientras escribe sobre el oscurantismo; los deseos humanos se retuercen. Un libro donde la burocracia es ridícula, los regímenes son payasadas y la realidad colapsa bajo el sinsentido.
En estas historias el absurdo no es accidente sino el tejido mismo de la realidad. El director del zoológico provincial no es un villano ordinario sino un burócrata emprendedor que transforma cada problema administrativo en una oportunidad. Cuando se asigna un elefante auténtico, él presenta una propuesta audaz: un elefante de goma. Dos conserjes ancianos luchan toda una noche inflándolo a pulmón hasta que descubren una espita de gas que los libera de la faena: el coloso de goma cobra vida, majestuoso y perfecto. Pero un soplo de viento inesperado lo transforma en proyectil que sobrevuela la multitud y desaparece entre las copas de los árboles. Los niños que presencian el espectáculo nunca vuelven a creer en nada.
En otro relato, un informante envía reportes desesperados desde un pueblucho donde el oscurantismo crece como enfermedad contagiosa. Demonios educados saludan en el molino, trasgos pueblan los bosques, cabezas sin tronco ruedan entre las trochas en noches de luna llena. Las supersticiones se esparcen como plagas mientras el narrador lucha por mantener la razón. Acosado por murciélagos vampiros que golpetean las ventanas, incapaz de abandonar su cabaña, escribe: estamos rodeados de tumbas y leguas de tierra. Su testimonio se mezcla irónicamente con la irracionalidad que pretende denunciar.
Pero el relato más inquietante transcurre en la mansión de un abogado próspero. Un hombre, presentado como progresista, vive enjaulado en un parque dentro del salón: borda, toca la balalaica, canta consignas revolucionarias. Está domesticado, según el letrado, alimentado, sin preocupaciones, liberado solo en fechas permitidas. Sus anfitriones lo tratan como una mascota educada. En el clímax de la cena, cuando todos celebran alrededor de la mesa, el hombre clava una mirada fija y entona La Internacional. Por un instante el parque se convierte en la frontera entre dos mundos irreconciliables.