Una adolescente escucha los susurros detrás de la puerta de su madre. Angelina Watson crece en la sombra, con una mirada que revela frialdad desde temprano.
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Una adolescente escucha los susurros detrás de la puerta de su madre. Angelina Watson crece en la sombra, con una mirada que revela frialdad desde temprano. Cuando la muerte la libera de sus lazos, comienza un viaje sin rumbo por las carreteras norteamericanas. Durante un año, compartirá trayectos y vidas con extraños, aprenderá a leer las corrientes emocionales que emanan de los cuerpos, y se preparará para lo que parece inevitable. Una historia de transformación que comienza mucho antes de que cualquier marca sobrenatural la defina.
Angelina Watson nunca soñó en convertirse en vampira, al menos no conscientemente. Pero desde niña, su diferencia era evidente: una criatura de acero en un mundo de carne. Nace cuando su padre ya ronda los sesenta años, hija de John y Alice Watson. Su padre es periodista de la ciudad, una figura que deja apenas recuerdos cuando muere: sus grandes manos cálidas, su risa estruendosa, su ausencia cuando ella tiene ocho años.
Con su madre trabajando como archivera y cuidadora nocturna, Angelina crece sola, ignorada por sus compañeros de clase, brillando con una dureza magnética que ningún compañero se atreve a tocar. Es el patito feo, pero nadie la molesta. Cuando Alice se enamora de Rolf, un hombre quince años más joven, la casa cambia. Desde el pasillo, Angelina escucha la intimidad de su madre, sus gemidos y súplicas, y algo despierta en ella: una hambre sin nombre que la lleva a morderse la mano hasta sacar sangre, a saborearla en la oscuridad mientras sus padres duermen.
Rolf será un padre adoptivo que la ama con una mezcla de ternura y terror. Contempla su frialdad como el acero, sus ojos magnéticos que revelan a alguien acechando. Cuando Alice muere a los cincuenta y ocho años, él intenta una noche entrar en el cuarto de Angelina, dispuesto tal vez a ahorrarle un futuro que siente ominoso. No lo hace. En cambio, reza con ella, sollozante, y al amanecer ella se va con una pequeña mochila.
Vende las pocas posesiones de su madre y comienza un viaje sin destino. Durante más de un año, es pasajera perpetua en sedanes, camiones y autobuses, compartiendo kilómetros con ejecutivos, drogadictos, amas de casa fugadas, abuelos y cantantes de rock. Duerme en árboles, moteles, iglesias, alcantarillas, bajo las estrellas.
En estos trayectos, su percepción se agudiza como nunca. Aprende a oler el miedo en la piel ajena, a sentir la rabia latente, a leer voluptuosidad en cada respiración humana. Descubre que puede modular su propia energía, contrarrestar atmósferas, permitir que los sentimientos de otros fluyan sin obstáculo. Es un talento que practica con curiosidad científica, que será, llegado el momento, absolutamente indispensable.
Ve América en todas sus dimensiones: ciudades sofocantes con rascacielos y luces pornográficas; campos infinitos de maíz; bosques tan espesos que parecen casas; el nacimiento del Mississippi. Ve la naturaleza como superior, el hombre como un ser ridículo cuando batalla contra los elementos, magnífico solo cuando danza con ella. Pero la civilización no la impresiona: todo le parece lamentablemente insuficiente.
Hacia el final de su peregrinaje, una noche sin luna, un hombre borracho intenta hacerle daño. Y en esta noche que marca su verdadera transformación, Angelina descubre que su naturaleza de acero no es simplemente psicológica. Es algo más antiguo, más oscuro, más hambriento de lo que jamás imaginó.
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