Al atardecer, Mariano corre desesperado por la playa de Santa Mónica. Ejecutivo exitoso de una firma de inversiones, su vida brilla con precisión: rutina impecable, casa moderna, disciplina sin fisuras.
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Al atardecer, Mariano corre desesperado por la playa de Santa Mónica. Ejecutivo exitoso de una firma de inversiones, su vida brilla con precisión: rutina impecable, casa moderna, disciplina sin fisuras. Pero bajo esa perfección crece un vacío que lo devora desde adentro. Nadie lo advierte. Su sonrisa cautiva pero es opaca; su eficiencia robótica. La pregunta que lo atormenta es simple: ¿cómo arreglarlo?
Mariano, ejecutivo de treinta y tantos años, dirige una firma de inversiones con su socio Rigo en los Ángeles. Su vida parece un círculo perfecto: la casa moderna diseñada por un arquitecto que promete inspiración cada mañana, la ropa cara que rechaza en favor de algo más sencillo, la secretaria Juliette que anticipa sus necesidades, los amigos que lo rodean listos para cualquier conversación. Todo está calibrado con precisión suiza. Sin embargo, hay una fractura invisible. Mariano lo sabe: falta un trazo en su circunferencia. Sus ojos enigmáticos y su encantadora sonrisa resultan opacos cuando uno se acerca demasiado. Todos lo ven como el hombre que tiene todo: la confianza de clientes importantes, el respeto de sus empleados, la admiración de su círculo íntimo. Pero nadie advierte que existe una puerta cerrada, un muro alto y opaco que resguarda un espacio impenetrable donde habita el verdadero Mariano. Su vida transcurre mediante rituales meticulosos. Se despierta a las seis y veinte, se coloca ropa deportiva que promete eficiencia, corre treinta minutos antes del alba para aclarar la mente, se afeita meditando en blanco. El ejercicio es su desayuno, su terapia, su salvación. Todas las decisiones pasan por listas, pros y contras, cálculos obsesivos. Un día, el cuerpo de Mariano decide no esperar más. Mientras corre por la playa al atardecer, la velocidad aumenta sin control. El ritmo de sus latidos se convierte en una melodía obsesiva. El tictac de su reloj deportivo golpea contra su pecho. Las siluetas bajo las luces de la feria de Santa Mónica se desdibujan. Cree verla. Luego se desmorona, arrodillado en la arena, derrotado. Cuando despierta al día siguiente, la vida continúa como si nada. Va a la oficina, revisa mensajes, toma café en el balcón observando las multitudes en la calle. En el techo del despacho cuelga un cuadro de Vik Muniz que adquirió para contrarrestar el vacío. Su socio Rigo, genio de los números, llena la oficina de entusiasmo hablando de diseño industrial. Mariano sonríe, se burla suavemente, pero por dentro sigue siendo ese reloj descompuesto que continúa marchando. La novela retrata a este hombre que habla con precisión, vive con método, cultiva amistades profundas pero impenetrables. Es un retrato de la soledad contemporánea, de cómo la perfección externa puede ser una prisión, de cómo el éxito material no alcanza para llenar el agujero que crece en el interior. Mariano es tanto el ejecutivo como la planta que languidece por exceso de cuidados: regada demasiado, revisada demasiado, perfecta en apariencia pero muriéndose por dentro.
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