Una tarde de septiembre en Zaragoza, mientras las campanas llaman al Angelus, Fray Clemente descubre su biblioteca privada registrada. La confidencia que acaba de mantener con Don Octavio sobre los planes inquisitoriales de Torquemada lo…
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Una tarde de septiembre en Zaragoza, mientras las campanas llaman al Angelus, Fray Clemente descubre su biblioteca privada registrada. La confidencia que acaba de mantener con Don Octavio sobre los planes inquisitoriales de Torquemada lo convierte en un blanco. Entre conspiradores en el arzobispado y una red de espías que se expande, una pregunta atormentada resurge: ¿quién lo vigila? En la penumbra de la Zaragoza de 1485, donde poder eclesiástico e intriga política se entrelazan, comienza un juego mortal de identidades ocultas.
Zaragoza, domingo 13 de septiembre de 1485. Bajo una luz otoñal dorada que parece presagiar algo importante, la catedral de La Seo se alza con su gravedad habitual. Aquella tarde, en las dependencias del obispado, Fray Clemente acaba de abandonar el despacho de Don Octavio, el arzobispo en funciones, con la cabeza llena de palabras susurradas y advertencias confidenciales. Se han hablado en secreto sobre los planes de Tomás de Torquemada, el Gran Inquisidor, quien intenta expandir sus tribunales hacia las Islas Baleares, amenazando los antiguos fueros que rigen Aragón y Mallorca.
Pero cuando Fray Clemente accede a su biblioteca privada—un refugio accesible solo a través de puertas ocultas bajo la hiedra—descubre el desastre: sus libros desperdigados por el suelo, sus espacios revueltos como si alguien buscara algo específico entre sus páginas. El registro ha sido ejecutado por alguien cercano, alguien que conoce la arquitectura secreta del arzobispado. La pregunta que lo atormenta es única: ¿quién ha entrado? ¿Quién lo vigila?
Mientras tanto, Torquemada, el terror que se cierne sobre España con su poder de espías e informantes, no puede dormir. Sus noches están pobladas de pesadillas donde aparece la reina Isabel con una mano solícita que lo invita a seguirla hacia un destino desconocido. Ante el miedo de lo que pueda decir durante sus sueños, ante la posibilidad de que alguien descubra sus debilidades, ha ordenado que nadie se aproxime a su alcoba. El inquisidor que castiga a otros tiembla solo en la oscuridad.
En torno a estas figuras centrales—el obispo temeroso, el arzobispo conspirador, el inquisidor obsesionado—se tejen redes de espionaje, denuncias y traiciones. Cada conversación en sombras puede ser denunciada; cada libro oculto puede ser prueba de herejía; cada relación cercana puede esconder a un delator. En esta Zaragoza de intriga política y religiosa, donde el poder se disputa entre monarquía, clero e Inquisición, alguien ha dejado un rastro que debe ser seguido. El enigma que da nombre a la novela no es un misterio de crimen común, sino de identidades fracturadas, lealtades divididas y el costo humano del poder absoluto.
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