En el verano de 2015, Paulo Moura parte de Caminha en moto Triumph con apenas una tienda de campaña y un bloc de notas. Su objetivo es recorrer mil kilómetros de litoral portugués hasta Monte Gordo, pero no como turista pasivo.
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En el verano de 2015, Paulo Moura parte de Caminha en moto Triumph con apenas una tienda de campaña y un bloc de notas. Su objetivo es recorrer mil kilómetros de litoral portugués hasta Monte Gordo, pero no como turista pasivo. Busca historias reales. Entre playas salvajes, islas abandonadas y pueblos remotos, descubre tradiciones olvidadas: pescadores de bacalao convertidos en maestros estucadores que decoraron palacios reales, teatros de pueblo donde hombres actuaban en papeles femeninos, fortalezas medievales ahora en ruinas. Este viaje es la crónica de una costa que habla a través de sus gentes y sus memorias.
Una moto negra, una tienda desmontable, un bloc de notas. Estas son las herramientas con que Paulo Moura inicia su viaje por el litoral portugués. No busca la contemplación pasiva del turista, sino la búsqueda activa del reportero que interroga y persigue historias. Desde Caminha hasta Monte Gordo, recorre mil kilómetros de costa donde las playas salvajes se alternan con peñascos, donde el mar es revuelto y verde bajo las brumas intensas. En Ínsua, pequeña isla abandonada frente a Moledo, encuentra un convento medieval que fue fortaleza y que hoy permanece en ruinas bajo vigilancia de viejos radioaficionados. La isla pide auxilio silenciosamente, con botellas de plástico semi enterradas en la arena dejadas por bañistas despreocupados. Aquí, Mário, antiguo pescador que fue llamado Navaja negra en los bacaladeros, ahora conduce a turistas en su pequeño barco de madera. En Afife descubre un Casino cerrado de arquitectura bohemia, puertas selladas en un pueblo de mil habitantes. Aquí la historia es más profunda: hombres que partieron siendo labradores emigraron a Lisboa, Oporto, París, Brasil, convirtiéndose en maestros estucadores, decoradores de palacios reales, refinadores de un arte sofisticado que practicaban bajo levita y sombrero alto. Estos mismos hombres refinaron una pasión por el teatro, representando en solares de iglesias piezas que se profesionalizaron en la Sociedad del Teatro Afifense. Este libro no es un viaje lineal. Algunas historias llegaron después, otras antes. El autor tuvo que volver atrás, regresar a los lugares, permanecer en barcos. Lo que emerge es un retrato sereno de una costa portuguesa contada a través de sus gentes: la memoria de tradiciones que se extinguen, de lugares que desaparecen, de vidas dedicadas a oficios que el tiempo borra.
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