En las noches blancas del frente ruso, el capitán Karl Trauber conduce a su compañía a través de la nieve y el fuego hacia Tepluja. Tras conquistar el pueblo en violento combate, descubre que sus hombres han desaparecido.
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En las noches blancas del frente ruso, el capitán Karl Trauber conduce a su compañía a través de la nieve y el fuego hacia Tepluja. Tras conquistar el pueblo en violento combate, descubre que sus hombres han desaparecido. La firma de Semurow, un partisano despiadado, flota sobre las ruinas. En una isba cercana, Trauber encontrará más preguntas que respuestas: una joven mujer rusa, un anciano muerto y documentos que cambian todo.
La noche de invierno envuelve el frente ruso en una oscuridad palpitante, desgarrada por bengalas y relámpagos de cañón. La Compañía del capitán Karl Trauber avanza lentamente hacia Tepluja, sus hombres destrozados por el cansancio, cuerpos agarrotados por el frío extremo. Después de semanas de ofensiva fulminante, la guerra de movimientos ha cedido ante la brutal resistencia soviética: ahora es lucha cuerpo a cuerpo en la nieve.
Karl conoce bien el nombre que circula entre sus soldados con miedo reverencial: Semurow. El partisano legendario que opera tras las líneas enemigas, que aparece sin previo aviso y desaparece como la niebla. Sus métodos son inhumanos. Aquellos que caen en sus manos nunca regresan vivos. Ya en otro bosque, cerca de la frontera polaca, los hombres de la Compañía encontraron a sus camaradas colgados de los árboles como racimos macabros. Ahora, cuando las órdenes llegan advirtiendo que Semurow merodeaba nuevamente estos alrededores, Trauber siente el peso de una responsabilidad imposible: ¿cómo mantener la moral de unos hombres ya exhaustos?
El asalto a Tepluja es una tormenta de fuego y acero. La artillería alemana abre el camino con un trueno constante; luego avanza la infantería, saltando de ruina en ruina, mientras las ametralladoras tejen redes invisibles de proyectiles. El combate es breve pero intenso. Cuando finalmente el pueblo cae bajo control alemán, Trauber ordena descanso a sus hombres. Pero el recuento revela lo que temían: falta un pelotón completo.
No hay dudas. En la mente de cada hombre aparece una sola certeza: Semurow. Trauber enfoca sus prismáticos hacia el horizonte helado. Allí, bajo dos árboles desnudos, encuentra la respuesta que no deseaba: sus hombres cuelgan como frutos malditos, la firma inconfundible del partisano grabada en cada cuerpo.
Cerca hay una isba, una choza de adobe que apenas merece llamarse casa. La intuición susurra a Trauber que hay alguien en el interior. A pesar del peligro, ingresa solo. Lo que encuentra lo desconcierta: una joven mujer rusa de trenzas rubias, ojos azules que lloran, postrada junto al cadáver de un anciano. Los documentos que descubre en el bolsillo del muerto le helan la sangre. Algo no encaja. Hay una verdad escondida en esa choza, algo que trasciende la brutalidad convencional de la guerra.
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