En 1523 desembarcaban frailes franciscanos en la Nueva España para evangelizar. Hallaban pueblos donde el pulque, bebida sagrada, estaba regulado por antiguas normas de uso ritual y profano.
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En 1523 desembarcaban frailes franciscanos en la Nueva España para evangelizar. Hallaban pueblos donde el pulque, bebida sagrada, estaba regulado por antiguas normas de uso ritual y profano. Este trabajo examina el choque entre dos sistemas de control sobre la embriaguez: el de la cultura mexica, con mecanismos prácticos eficaces para reprimir abusos, y el de la Iglesia cristiana, que predicaba sobriedad sin poseer medios reales para hacerla cumplir. A través de doctrinas impresas entre 1543 y 1548, se explora por qué la evangelización sobre el consumo de alcohol no logró tomar raíz entre la población indígena.
Tenochtitlan cayó en 1521. Dos años después llegaban los primeros frailes, portadores de una misión: transformar espiritualmente a los pueblos vencidos. Entre 1523 y 1548, la Iglesia católica desplegó en la Nueva España un proyecto complejo de evangelización que enfrentaría los cimientos profundos de la cosmovisión indígena.
Los frailes no constituían un grupo uniforme. Algunos traían consigo las corrientes humanistas de Erasmo de Rotterdam, que privilegiaban una religión centrada en Cristo y en el amor; otros enfatizaban la renuncia ascética y la disciplina absoluta. Esta diversidad propició que la Iglesia ensayara simultáneamente dos vías de conversión. La primera ofrecía educación cristiana profunda y completa, destinada a una minoría selecta de jóvenes nobles indígenas. La segunda, masiva y elemental, se conformaba con instrucción básica a la población general. Cada modelo respondía a una lógica distinta: uno requería tiempo y paciencia; el otro aspiraba a resultados inmediatos.
El Imperial Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, inaugurado en 1536, pareció confirmar que la Iglesia mexicana optaba por la vía selectiva. Los jóvenes indígenas allí formados recibían educación esmerada, acceso a la lengua latina, conocimiento de textos clásicos. Parecía posible que de este grupo nutrido de letrados indígenas brotara un liderazgo cristianizado que transformara gradualmente toda la comunidad.
Sin embargo, en la década de 1540 ese optimismo se desmoronó. Los frailes constataron que sus métodos no vencían las resistencias culturales más profundas. El cansancio, el desencanto y la frustración se fueron apoderando de los mismos religiosos que habían llegado con la intención de construir un mundo nuevo. La Iglesia reorientó su estrategia, abandonando la aspiración por una conversión profunda y decidiendo implantar el cristianismo fundamentalmente por coerción, no por convencimiento genuino.
Este giro radical es punto de partida para examinar un aspecto específico pero revelador: la cuestión de las bebidas embriagantes. Antes de la llegada española, los pueblos originarios habían elaborado un sistema normativo sobre el pulque, su bebida tradicional. Era sagrado en contextos rituales, aceptado como práctica de la sociedad; era también bebida popular de naturaleza profana pero uso restringido, condenado y castigado severamente si se abusaba. Los mexicas contaban con mecanismos prácticos y eficaces para reprimir a bebedores desordenados.
La cultura cristiana disponía de un discurso normativo sobre la bebida, centrado en la virtud de la sobriedad. Pero carecía de los medios prácticos que permitieran hacer cumplir esa normativa con eficacia comparable. Cuando los misioneros predicaban la sobriedad mediante la persuasión, el ejemplo personal y hasta la amenaza, encontraban que las poblaciones indígenas no respaldaban suficientemente sus exhortaciones.
Para responder esta pregunta central, el estudio examina las doctrinas impresas entre 1543 y 1548, los textos que el obispo Zumárraga mandó publicar como instrumentos de evangelización. Estos documentos revelan las tensiones profundas entre dos sistemas culturales que buscaban regular el comportamiento humano de formas radicalmente distintas.
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