Las carreteras hacia Francia se llenan con el éxodo de la derrota: refugiados agotados, mujeres embarazadas, niños heridos avanzan a pie mientras ministros escapan en lujosos coches.
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Las carreteras hacia Francia se llenan con el éxodo de la derrota: refugiados agotados, mujeres embarazadas, niños heridos avanzan a pie mientras ministros escapan en lujosos coches. Así abre Casanova su testimonio sobre la caída de Barcelona, un análisis de cómo la política del Frente Popular sacrificó la revolución proletaria, desmoralizó a los obreros catalanes y entregó la ciudad a Franco sin resistencia.
En las carreteras hacia la frontera francesa, mientras aviones fascistas bombardean constantemente, se despliega el drama en su forma más cruda. Mujeres embarazadas, niños amputados, familias enteras marchan a pie bajo el fuego, deteniéndose en cunetas para resguardarse. Simultáneamente, en esos mismos caminos, ministros y altos funcionarios circulan en Rolls Royce e Hispano Suiza hacia la seguridad. Este contraste brutal abre el testimonio de M. Casanova, escrito apenas semanas después de la caída de Barcelona en enero de 1939.
Casanova no busca excusas militares ni estratégicas para la derrota. Acepta que los fascistas disponían de superioridad armada, pero sostiene que Barcelona no fue indefendible, sino entregada. La verdadera causa de la catástrofe fue política: la estrategia del Frente Popular de sacrificar la revolución en nombre de ganar la guerra primero. Durante tres años, esta coalición republicana, socialista, comunista y anarquista sofocó la energía revolucionaria del proletariado español con represión, desorganización y la promesa vana de que después vendría la transformación social.
Los obreros catalanes, que habían hecho la revolución el 19 de julio de 1936, fueron paulatinamente desarmados y desmoralizados. Especialmente tras mayo de 1937, cuando los comunistas aplastaron sus organismos independientes, dejaron de sentirse dueños de su propia lucha. Ya no peleaban por su liberación, sino por una república democrática que había generado el fascismo. Este cinismo político mató la voluntad de resistencia.
Para Casanova, los estalinistas fueron los principales culpables, aunque todos los líderes del Frente Popular colaboraron activamente en la catástrofe. Nunca hubo condiciones objetivas más favorables para la revolución proletaria en España. La derrota no fue inevitable: fue el precio de haber traicionado la revolución que los obreros habían comenzado.
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