Bajo el calor agobiante del Pacífico, Mackintosh llega a Talua como auxiliar del administrador Walker, un hombre robusto y tosco que ha gobernado la isla durante dos décadas.
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Bajo el calor agobiante del Pacífico, Mackintosh llega a Talua como auxiliar del administrador Walker, un hombre robusto y tosco que ha gobernado la isla durante dos décadas. Mientras Mackintosh intenta imponer orden y metodología, Walker permanece ajeno a la creciente antipatía que su arrogancia y vulgaridad despiertan. Conforme los meses transcurren en aquel paraje solitario, el resentimiento del auxiliar crece en silencio, transformándose en una monomanía que lo consume en las noches de lluvia.
Mackintosh emerge del agua tibia en las primeras horas de la mañana, buscando respiro en la isla de Talua. Hace dos años que llegó como auxiliar del administrador Walker, un hombre robusto y tosco que ha gobernado esta remota posesión samoana durante dos décadas con integridad pero sin refinamiento alguno. La camaradería inicial entre ambos pronto se disuelve. Walker es dominante, jactancioso, desprecia los libros y los métodos ordenados que Mackintosh intenta imponer. Para él, los archivos son pamplinas, la verdadera literatura son las historias de detectives. Mackintosh ve en su jefe a un hombre vanidoso que se regodea en aventuras vulgares, que gobierna mediante el bluff y la fuerza de su presencia. Walker ignora completamente la antipatía que crece en su auxiliar; lo considera un buen perro leal, blanco de burlas sobre su austeridad escocesa. Pero Mackintosh observa con paciencia glacial. Por las noches de lluvia despierta consumido por el recuerdo de cada insulto, transformando el resentimiento en obsesión. Anota la glotonería de Walker, sus errores de lenguaje, su arrogancia infantil. Lo paradójico es que reconoce perfectamente la capacidad real de su jefe: gobernó exitosamente, fue honesto, rechazó el enriquecimiento fácil. Pero esta misma lucidez intensifica su desprecio. En aquella isla solitaria, bajo el cielo sin nubes, dos hombres se consumen en silencio: uno en la ignorancia de su propia vulgaridad, otro en la tortura de un odio que nadie jamás sabrá que existe.
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