En una aldea asturiana, Maturino, un joven músico cuya destreza con la gaita lo hace célebre en toda la región, se prepara para casarse con Andrea, hija del sacristán.
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En una aldea asturiana, Maturino, un joven músico cuya destreza con la gaita lo hace célebre en toda la región, se prepara para casarse con Andrea, hija del sacristán. A pesar de ser el gaitero más buscado para cualquier celebración, ninguno de sus colegas acepta tocar en su propia boda por temor a la comparación. La tarde de la ceremonia, cuando el pueblo aguarda el baile en la plaza, ocurre lo inesperado: suena una gaita celestial que ninguno esperaba escuchar.
En una pequeña aldea de Asturias, Maturino goza de una fama singular. No por descubrimiento alguno, sino porque su destreza al tocar la gaita es excepcional. Aquel tosco instrumento adquiere en sus manos sonidos casi celestiales. A los dieciocho años, rubio y de buen parecer, es considerado indispensable en las bodas, donde su presencia se interpreta como signo de ventura.
Maturino es devoto fervoroso de la Virgen del Socorro. Cada sábado deposita una vela en su altar, y en la festividad de la Patrona toca gratuitamente como ofrenda. Ha sufragado misas y novenas sin cuento pidiendo que devuelva la salud a Andrea, hija del sacristán, con quien se ha de casar.
Andrea es una muchacha pálida y frágil, aquejada de una dolencia misteriosa que los cuidados médicos no logran menguar. Su cuerpo parece hecho de luz otoñal. A pesar de su condición, es la elegida de Maturino, y la boda se fija para la víspera de la Virgen de agosto.
Pero surge un problema insólito. Ningún gaitero acepta tocar en la boda de Maturino. Su maestría es tal que otros músicos rehúsan comparecer ante quien consideran un rival sin igual. Un dilema para quien tantas veces ha animado las celebraciones ajenas.
Llega la tarde serena de agosto. Las campanas voltean alegremente, las velas brillan en el presbiterio. El pueblo aguarda en la plaza. Cuando Maturino y Andrea se encaminan al festejo, suena el inconfundible sonido de una gaita, celestial como la de Maturino. ¿Quién puede ser? La respuesta desafía lo racional. En el centro de la plaza, entre los bailarines, aparece el ángel rubio del retablo mayor, aquel que el pintor colocó junto a la Virgen del Socorro, tañendo la gaita en la boda del maestro. Es un milagro, dicen las gentes. La recompensa de la devoción de un hombre que entregó su talento al servicio de lo sagrado.
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