En una noche nevada de diciembre, un periodista desempleado regresa a su hotel modesto con sus dos gatos siameses. Atrapado entre facturas vencidas y un trabajo que no lo satisface, Qwilleran busca redención escribiendo un artículo para un…
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En una noche nevada de diciembre, un periodista desempleado regresa a su hotel modesto con sus dos gatos siameses. Atrapado entre facturas vencidas y un trabajo que no lo satisface, Qwilleran busca redención escribiendo un artículo para un concurso que podría cambiar su vida. Una observación de sus felinos compañeros le inspira una idea: explorar Junktown, el barrio de antigüedades de la ciudad. Lo que comienza como un encargo desapasionado se abre como una oportunidad que su carrera tanto necesita.
Sobre techos nevados de diciembre, mientras el granizo golpea las fachadas, Qwilleran regresa al Medford Manor, un hotel de poca categoría donde vive con sus dos gatos siameses. Es un periodista de más de cuarenta años, marcado por un pasado radiante en Nueva York, ahora confinado a escribir reportajes sobre diseñadores de interiores y artistas menores. Sus únicos compañeros verdaderos son Koko y su hermana, gatos de ojos azul zafiro y pelaje que gradúa del beige pálido al marrón foca.
Cada noche trae restos de comida del club de prensa para alimentar a sus felinos. Mientras los gatos se alimentan en la habitación 606, llegan las malas noticias: una carta de Connecticut sobre deudas vencidas, una nota que cancela una cita de Nochebuena, y un aviso del director sobre el concurso literario anual con premios que podrían sacarlo de la ruina.
Necesita ganar ese concurso. Necesita recuperarse, necesita escribir algo con sustancia, algo que resuene en los lectores. Una noche, mientras observa a Koko apagar deliberadamente la luz, surge una idea: Junktown, el barrio de antigüedades. Escribir sobre Navidad en Junktown. Una historia conmovedora que podría redimirlo.
Al día siguiente presenta la idea a Arch Riker, su editor jefe y viejo amigo de Chicago. Riker asiente, pero hay una sorpresa: Junktown no es lo que imaginaba. No es un antro de vicio, sino un barrio donde antigüedades y objetos usados se venden en galerías dentro de viejas mansiones victorianas. Arch menciona una subasta importante ese mismo día: van a liquidar el inventario de una tienda cuyo dueño fue asesinado hace meses.
Qwilleran acepta la asignación con cierto desdén. No soporta las antigüedades ni las subastas. Pero Arch le entrega una tarjeta amarilla con nombres de anticuarios: Ann’s Tiques, Sorta Camp, Las Tres Brujas, Junque Trunque. Y hay algo más: la mayoría de los comerciantes son mujeres solas.
Cuando Qwilleran se prepara para descender a Junktown, aguarda un mundo que no esperaba encontrar. Entre objetos olvidados y capas de polvo acumulado, una verdad inesperada espera. Lo que comienza como un encargo navideño se abre como una puerta hacia lo desconocido.
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