En un valle hermosísimo existe un gigante noble y poderoso que todos aman. Pero vive también un ratón insignificante, consumido por la envidia de no ser conocido ni amado.
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En un valle hermosísimo existe un gigante noble y poderoso que todos aman. Pero vive también un ratón insignificante, consumido por la envidia de no ser conocido ni amado. El ratón odia al gigante por su tamaño, belleza y bondad, y una mañana logra morderlo en el talón. Aunque consigue la fama buscada, el ratón revienta de orgullo al contemplar que ha destruido la belleza del gigante, siendo devorado posteriormente por criaturas más viles.
En las laderas de un valle hermosísimo, donde el sol brilla continuamente desde el alba hasta el ocaso, vive un gigante de elevada estatura y formas admirables. No es de tamaño desmesurado, sino una estatua de mármol que cobrara vida, desnudo y magnífico, con cinturón de hojas verdes y corona de laurel en sus cabellos negros. Sus ojos de fuego, músculos poderosos y noble frente lo asemejan a un Júpiter griego que hubiera abandonado el Olimpo pagano para habitar este valle.
Pero más admirable es su naturaleza: el gigante es bueno, de condición blanda y cariñosa. No emplea jamás su fuerza en el mal. Por ello, todos los seres del valle lo aman: árboles y flores, aguas y espumas, mariposas y pájaros. Hasta las alimañas más fieras sienten ternura por él. Las espumas del río lo rodean ansiando besarlo. Las ramas de los árboles se inclinan dejando caer rocío. Las plantas trepadoras se ciernen a su cuello. Un cortejo de pájaros revolotea sobre su cabeza como una corona flotante.
Sin embargo, existe el odio. Hay un ser pequeño, ruin y despreciable: un ratón que odia al gigante. El gigante nunca le ha causado daño, ni siquiera sabe que existe. Pero la envidia no necesita motivos. El ratón odia porque el gigante es grande y él diminuto, porque el gigante es bondadoso y él malévolo, porque el gigante es hermoso y él feísimo. Sobre todo, odia porque todos conocen y aman al gigante, mientras que a él nadie lo conoce ni lo ama. Solo algunas flores lo rechazan por haber roído sus raicillas. Es lo único que sabe hacer: roer.
Consumido por la envidia, el ratón decide adquirir fama aunque le cueste la vida. Una mañana se pone en la senda del gigante. Cuando este se detiene para mirar el sol naciente, el pequeño roedor lo muerde desesperadamente en el talón. El odio da fuerzas gigantescas incluso a un ser débil, y el grito de dolor resuena en todo el valle. Desde ese instante, el ratoncillo es célebre: todos repiten su nombre en los ecos de las montañas.
Pasados algunos días, el gigante reaparece cojeando. Su belleza se ve comprometida por la cojera que lo hace caminar de forma penosa. El ratón, al contemplar que ha destruido la nobleza de un ser superior, siente un placer tan inmenso que no cabe en su cuerpo. Se hincha de orgullo hasta que finalmente estalla, quedando como un andrajo tras una piedra. Moscas y gusanos lo devoran en pocos días.
Si el ratón hubiera vivido más tiempo, tendría cierto consuelo: el gigante cojea siempre del pie herido, llevando para siempre la marca de su envidia.
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