Cada mañana a las siete y treinta y cinco, Don Ramón Abril llega a la estación de Puebla de Sanabria con un globo rojo en la mano. Lleva cuarenta y seis años esperando en los mismos bancos de hierro y madera, como si Julia fuera a bajar de…
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Cada mañana a las siete y treinta y cinco, Don Ramón Abril llega a la estación de Puebla de Sanabria con un globo rojo en la mano. Lleva cuarenta y seis años esperando en los mismos bancos de hierro y madera, como si Julia fuera a bajar de un tren que partió hace décadas. En 1969, cuando eran jóvenes enamorados bajo los álamos del río Teda, tenían planes de escapar. Pero la historia política española y un accidente junto al agua lo interrumpieron todo.
En la estación de piedra gris de Puebla de Sanabria, localidad pequeña al noreste de Zamora, un hombre de sesenta y siete años cumple un ritual que se repite cada día. Don Ramón Abril se sienta puntualmente a las siete y treinta y cinco en los bancos de madera verde e hierro forjado, con un globo rojo atado a su bastón y una carta amarillenta guardada en el bolsillo. Desde 1969, apenas ha faltado a esta cita con la estación, como si esperase que un tren traiga de regreso a alguien que nunca bajó hace cuarenta y seis años.
Ani Willfinger, la mujer inglesa que vive con él y lo cuida, lo prepara cada mañana con el rigor silencioso de quien ama sin saber expresarlo. Le ofrece su famoso té de desayuno inglés, lo viste contra el frío cortante de Sanabria con bufanda y guantes tejidos años atrás. Aunque a veces retira deliberadamente su abrigo en acto de protesta, Ani siempre cede y lo ayuda a abrigarse completamente antes de que cruce la puerta hacia la estación.
El relato retrocede al verano de 1969, cuando Ramón era un joven ferretero y Julia venía cada año desde Madrid para pasar los meses de vacaciones. Bajo los álamos del río Teda, en un puente de piedra del siglo diecisiete, caminaban y hablaban de huir, de construir una vida lejos del pueblo y sus vecinas charlatanas que condenaban hasta el roce de sus manos. Julia era bella de una belleza natural y salvaje.
Pero ese verano, la historia política española irrumpió en sus vidas. El tío de Julia, Nicolás, miembro del PSUC, había sido detenido y condenado a muerte durante el estado de excepción. Su padre viajaba a Madrid; Julia y su madre irían a Galicia. En el momento en que Ramón se disponía a pedirle que fuera su novia, ella le contaba que se marchaban.
En la despedida junto al río, cuando Julia intentaba recuperar su sandalia caída al agua, Ramón la sujetó con fuerza. Ambos perdieron el equilibrio y cayeron sobre las piedras resbaladizas. Él giró su cuerpo para protegerla y su brazo se fracturó.
Julia nunca bajó de ese tren que la sacaba del pueblo. Lo que perduró fue el globo rojo que preparó para ella, la carta que nunca entregó, y una costumbre que se transformó en destino: esperar cada día en la misma estación, a la misma hora, mientras los trenes pasan pero Julia no regresa.
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