Un cajón sin remitente llega por servicio de reparto. Contiene veintiocho volúmenes en tafilete verde numerados y con iniciales grabadas en oro. Son los diarios personales del tío Oswald Hendryks Cornelius, pariente desaparecido treinta…
Descargar
Un cajón sin remitente llega por servicio de reparto. Contiene veintiocho volúmenes en tafilete verde numerados y con iniciales grabadas en oro. Son los diarios personales del tío Oswald Hendryks Cornelius, pariente desaparecido treinta años. Tres décadas de registros documentan aventuras y seducción: desde Cachemira hasta Egipto, desde la porcelana china hasta encuentros memorables. Una carta advierte sobre peligros de publicación. Oswald emerge como un hombre singular: culto, ingenioso, dotado de capacidad de seducción que trasciende lo ordinario.
Un cajón de madera roja llega a la puerta de una casa, traído por servicio ferroviario desde Haifa. Sin remitente identificable, contiene veintiocho volúmenes encuadernados en tafilete verde, numerados y con iniciales de oro en el lomo. Al abrirlo, un sobre revela su origen: Oswald Hendryks Cornelius, pariente cercano desaparecido treinta años atrás.
La carta es clara. Oswald, de cincuenta y uno, no posee fortuna que heredar, pero sí estos diarios: treinta años de su vida, sus mejores años. Con una advertencia severa: la publicación sin restricciones podría traer graves consecuencias. Oswald explica que miles de mujeres mencionadas siguen vivas, y sus reputaciones están en juego.
Tres décadas de registros revelan a un hombre de naturaleza particular. De voz dulce, modales corteses, apariencia frágil y refinada, Oswald poseía una capacidad de cautivar que sobrepasaba toda medida ordinaria. Su intelecto brillante, sus conversaciones ingeniosas, su forma de tejer narrativas que envolvían al oyente en un trance peculiar: todo lo hacía irresistible.
Las mujeres lo buscaban, aunque supieran quién era. Un hombre incapaz de confinar su interés a una sola pareja después de conquistarla. Así viajaba de ciudad en ciudad, de país en país, dejando siempre una estela de encuentros que las mujeres recordarían de modos diversos.
Pero Oswald no era únicamente un seductor. Era coleccionista de gustos excepcionales. Poseía autoridad en ópera italiana del siglo diecinueve, en porcelana china, particularmente jarrones azules del período Chin Hoa. Criaba miles de arañas en invernadero en París, cuya seda transformaba en corbatas. Coleccionaba bastones históricos que pertenecieron a Tolstoi, Oscar Wilde, Goebbels, Dickens y otros.
Los diarios se extienden hasta el 24 de agosto de 1946. Su último apunte registra un episodio en Egipto: cómo sedujo a una dama marroquí, amante vigilada de un personaje real, y la convenció para ascender bajo la luz lunar a la cúspide de la Gran Pirámide de Keops. Cuando fueron descubiertos, Oswald escapó por el lado opuesto. Después de esa noche, los diarios se silencian.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.