En 1914, en Novy-Targ, pequeña ciudad galitzia, un niño ve arrestar a un hombre que llaman espía ruso. Años después, una carta desde Suiza revela que era Lenin.
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En 1914, en Novy-Targ, pequeña ciudad galitzia, un niño ve arrestar a un hombre que llaman espía ruso. Años después, una carta desde Suiza revela que era Lenin. Sesenta años más tarde, el 23 de febrero de 1972, ese mismo hombre cumple años bajo arresto domiciliario en Varsovia, creyéndose solo, pero descubre que el mundo entero vela por él. Esta es la memoria de una infancia en Europa Central, marcada por la pobreza, la guerra y el descubrimiento gradual de que la salvación humana no vendría de la fe, sino de la voluntad de los hombres.
En julio de 1914, en Novy-Targ, una pequeña localidad de Galitzia entonces parte del imperio austro-húngaro, un niño presencia el arresto de un hombre que los vecinos llaman espía ruso. Custodiado por guardias, el detenido es trasladado a la cárcel ubicada frente a la sinagoga. Cuatro años después, una carta llegará desde Suiza: Lenin, quien había vivido en la aldea y debía dinero al tendero judío local, no había olvidado su deuda. Este primer encuentro con el espionaje y el comunismo marca el inicio de una vida que sería atravesada por los grandes conflictos históricos del siglo veinte.
Trepper nace en el seno de una familia judía que, aunque practicaba la fe sin exceso, vivía en un clima de tolerancia religiosa característico de la Galitzia austriaca. Su padre, comerciante humilde, había construido con sus propias manos la casa donde vivían, acumulando ladrillos y deudas. La tienda familiar ofrecía a los campesinos las mercancías que necesitaban; los clientes rara vez pagaban con dinero, prefiriendo intercambiar productos de sus tierras. En los fragmentarios recuerdos de aquella infancia, los años se presentan embebidos de una tranquila felicidad, pese a la extremada penuria.
Pero la Gran Guerra interrumpe esa paz. Los soldados de la guarnición local parten hacia el frente con la banda de música y flores en los fusiles. Los meses transcurren sombríos: llegan los mutilados, se llenan de heridos los hospitales. La familia es evacuada hacia Viena para escapar de los cosacos. Allí, el adolescente comienza a leer periódicos, a seguir el curso de la guerra, a encontrarse con preguntas que la religión no puede resolver. ¿Cómo es posible que no judíos canten bellamente la plegaria solemne de Israel? ¿Dónde reside el bien y dónde el mal? La guerra toca a su familia: uno de sus hermanos desaparece en el frente italiano, otro es herido por un obús que lo deja sordo y mudo.
Cuando regresa a Novy-Targ dos años después, sus incertidumbres religiosas se transforman en rebeldía. En el ritual de perdón, ve a los fieles deformados por el miedo mientras el rabino enumera las clases de muerte que acechan. En 1917, su padre muere de un ataque cardíaco a los cuarenta y siete años. Trepper juzga la resignación de la ceremonia fúnebre como una intolerable injusticia. Pierde la fe y comienza a creer en la humanidad. Si el hombre es consciente de su condición y está resuelto a cambiarla, no debe esperar salvación del cielo, sino de sí mismo. La vida se le presenta como un peligroso ejercicio de equilibrio.