Mario Culazo despierta pasadas las once de la mañana, sumido en la apatía de estar desempleado hace tres semanas. A los treinta y cinco años, su carrera como mago bajo el nombre artístico El Gran Zandovani se ha convertido en una lucha…
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Mario Culazo despierta pasadas las once de la mañana, sumido en la apatía de estar desempleado hace tres semanas. A los treinta y cinco años, su carrera como mago bajo el nombre artístico El Gran Zandovani se ha convertido en una lucha constante. Sus trucos son simples, sus ingresos escasos y sus perspectivas sombrías. Cuando suena el teléfono con una oferta de trabajo para animar el cumpleaños de un niño, Mario se enfrenta a la elección entre mantener su dignidad o pagar las cuentas.
Mario Culazo abre los ojos pasadas las once de la mañana. Es viernes, hace tres semanas que no trabaja, y aunque la noche anterior se propuso madrugar, la fuerza de voluntad nunca llega. Se levanta con desgana y observa su reflejo en el espejo: barba de tres días, ojeras profundas, una calva pronunciada y un abdomen que sobresale de manera notoria. A los treinta y cinco años parece considerablemente mayor.
Su profesión lo agobia. Ser mago en esta época es tarea cada vez más ardua. La competencia es feroz, el público exige actos complejos, influenciado por megailusionistas internacionales que manejan presupuestos inimaginables. Para un mago local de recursos limitados, las opciones se reducen a fiestas infantiles, eventos a los que Mario detesta con profundidad.
Hace ocho años, cuando pagó una suma considerable por un curso de magia en línea, sus ambiciones eran otras. Soñaba con ser como David Copperfield o David Blaine, con hacer levitación en plena calle, con brillar en Las Vegas. Pero el curso solo le enseñó trucos elementales: hacer desaparecer una bola roja, sacar una paloma de una galera, y su acto más sofisticado: desvanecerse un conejo mediante mecanismos simples de jaulas ocultas y mesas trucadas.
Su apellido también pesa. Culazo ha sido fuente constante de burlas durante su vida. A los veinticinco años intentó modificarlo legalmente, pero la burocracia lo venció. Así adoptó un nombre artístico —El Gran Zandovani— que al menos suena más glamoroso, aunque su apariencia física, su coche destrozado y su equipo improvisado contradigan cualquier ilusión de grandeza.
Cuando suena su teléfono móvil, Mario contesta aún con espuma de afeitar en la cara. Del otro lado está el señor Rodolfo González, quien necesita un mago para el cumpleaños de su hijo de nueve años. Mario negocia el precio con astucia, bajando de ciento cincuenta a cincuenta y cinco euros.
El sábado llega a la casa del cliente. Se viste con esmoquin negro, galera y capa de raso con cuello rojo, carga su equipo en un Seat Panda de 1980 que apenas funciona, y se presenta en la residencia del señor González. Allí lo espera un patio con extravagantes enanos de jardín, un perro caniche que ladra sin cesar, y que muerde el tobillo del mago en el mismo momento de su entrada.
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