Un investigador privado llega a Rivers Bend, una mansión blanca escondida en las colinas de California, para una cita cuyo propósito desconoce. Su cliente, Bernard L.
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Un investigador privado llega a Rivers Bend, una mansión blanca escondida en las colinas de California, para una cita cuyo propósito desconoce. Su cliente, Bernard L. Rivers, es un millonario cuya vida ha sido marcada por tragedias: su primera esposa murió en un incendio, su segunda en un accidente con lancha. Ahora Rivers recibe mensajes amenazantes hechos con palabras recortadas de periódicos, donde alguien promete una venganza que ha tardado en llegar. Preston debe descubrir quién está detrás de estas amenazas.
La carretera que discurre entre áridas colinas gira en una curva cerrada y aparece Rivers Bend: una mansión blanca que parece haber sido diseñada para adaptarse al paisaje de California más que para imponerse a él. Su arquitecto rechazó los estilos trasplantados y recurrió al español genuino, tomando detalles de monasterios y haciendas antiguas. Mark Preston estaciona su coche al pie de una escalinata de piedra y observa un orden minucioso: prados inmaculados, arbustos plantados a distancia regular, flores dispuestas en dibujos armónicos, una fuente blanca cuyo sonido suave acompaña el caer mansamente del agua en un estanque.
Bernard L. Rivers es un hombre de casi cincuenta años, alto y de presencia enérgica, quien acumuló su fortuna como tratante de oro durante décadas. Su voz es meticulosa, como el chasquido seco de una rama, pero su porte inspira respeto. Su historia es la de un hombre perseguido por tragedias: su primera esposa, Carol, murió en un incendio años atrás cuando volvió a la casa por sus joyas. Después de dedicarse enteramente a educar a sus hijos, conoció a Judith Harvey, una actriz de teatro que transformó su vida. Liquidó sus negocios, se trasladó a California hace tres años y creyó finalmente haber encontrado la felicidad que merecía.
Pero nuevamente el destino se torció. Judith, quien disfrutaba conducir su lancha motora a toda velocidad por la bahía, salió una noche y nunca regresó. Chocó con algo en la oscuridad en medio de una niebla repentina que cubrió el agua como una sábana. Su cuerpo fue devuelto por el mar días después. Rivers se aferró a esperanzas absurdas: quizá ella no iba en el barco, quizá se había tomado unas vacaciones.
Hace dos días llegó un mensaje inquietante. Una hoja de papel blanco con palabras recortadas de periódicos: «La venganza es mía, dijo el Señor; pero tarda mucho en llegar.» Días después, otro mensaje más enigmático: «Incluso Ayesha acabó pereciendo en las llamas.» Preston deberá descubrir quién acecha en las sombras de Rivers Bend y qué conexión existe entre estos mensajes, el destino de las mujeres de Rivers y un resentimiento que parece haber ardido durante años en silencio.
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