Un domingo de misa en una localidad costera francesa. Huberto Cardinaud, hombre de vida ordenada y satisfecho de sus logros, camina junto a su hijo pequeño en una rutina que se repite año tras año: iglesia, paseo por el terraplén, visita a…
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Un domingo de misa en una localidad costera francesa. Huberto Cardinaud, hombre de vida ordenada y satisfecho de sus logros, camina junto a su hijo pequeño en una rutina que se repite año tras año: iglesia, paseo por el terraplén, visita a la pastelería. Todo es gravedad y tranquilidad. Pero al regresar a casa descubre algo que rompe el orden perfecto: su esposa ha desaparecido sin dejar rastro, llevándose consigo a la bebé de ocho meses.
Con la ola que lo arrastra. Así comienza la vida de Huberto Cardinaud un domingo de principios de verano en una pequeña localidad costera francesa. Satisfecho de ser quien es, de estar donde está, el hombre participa en la misa dominical en compañía de su hijo Juan, un niño de tres años vestido de marinero. Cardinaud conoce a todos en el pueblo: el notario, el teniente de alcalde, el dueño de la heladería. Su mundo es pequeño, preciso, ordenado.
El ritual dominical se desarrolla sin variaciones: la misa mayor en Nuestra Señora de Bon Port, donde años atrás Cardinaud fue niño cantor y donde se casó; luego el paseo por el terraplén junto al mar, el vermut en la terraza de la mejor orquesta mientras su hijo toma un vasito de jarabe de grosella; después la visita a la pastelería Dufour, donde le conocen y siempre le preguntan lo mismo: «¿Como siempre, señor Cardinaud?» Regresa a su casa nueva de ladrillos color rosa en la avenida de la Estación, casa que representa su éxito como agente de seguros, socio del señor Mandine.
Pero cuando Cardinaud abre la puerta, el orden se quiebra. No hay aroma de asado como esperaba, sino olor a carne quemada que sale de la cocina. Las habitaciones están abiertas de par en par, las ventanas dejan entrar corrientes de aire que su esposa Marta aborrecía. Su mujer ha desaparecido. Ha dejado al bebé de ocho meses, Denise, en casa de la vecina Juliana sin dejar la menor nota. Marta se ha ido a mediodía, dejando la comida a medio preparar, sin cerrar la casa, sin llevar el cochecito de la niña.
Cardinaud sale en su búsqueda con la precisión de quien ha vivido toda su vida en el mismo lugar. Corre primero a casa de sus suegros, el contratista Justino Vauquier y su esposa Estelle, pero Marta no está allí. La casa de los suegros es un desorden que contrasta con el orden de Cardinaud: puertas sin pintar, camas sin arreglar, objetos fuera de lugar. Luego va a casa de sus padres, convencido de que algo grave debe haber ocurrido. Pero nadie sabe nada. Marta simplemente se ha ido.
Mientras busca a su esposa, Cardinaud experimenta por primera vez el pánico, la misma sensación que sintiera años atrás al creer estar tuberculoso. Su cuerpo entero se cubre de sudor. El hombre que ha vivido toda su vida en la gravedad y la tranquilidad ve cómo todo vacila, todo se mueve huyendo de él. En un solo domingo, su perfecta vida ordenada se desmorona sin explicación.
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