Una familia norteamericana de principios del siglo XX vive bajo el dominio de Samuel Pollit, un funcionario megalómano que predica la redención de la humanidad mientras mantiene una disciplina casi tiránica en su hogar.
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Una familia norteamericana de principios del siglo XX vive bajo el dominio de Samuel Pollit, un funcionario megalómano que predica la redención de la humanidad mientras mantiene una disciplina casi tiránica en su hogar. Su esposa Henrietta, nacida en una familia adinerada, es víctima de su propia desesperación. Entre ellos, sus hijos sufren el resultado de este matrimonio fracasado, especialmente Louia, una niña de once años que busca refugio en la literatura mientras soporta un mundo hostil.
En una tarde de junio, los hijos de Samuel Pollit aguardan su regreso mientras patinan por las calles de Washington. Su madre, Henrietta, llega del tranvía cargada de paquetes, y la casa se llena de ruido y alboroto infantil. Ella se retira a su sillón favorito, junto a la ventana, sumida en un silencio profundo que contrasta con la vivacidad de su marido.
Samuel Pollit es un hombre hecho a sí mismo, pequeñoburgués de ideas grandilocuentes que mezcla la admiración por Roosevelt con la convicción de que la humanidad debería reducirse mediante la eugenesia. Henrietta es una mujer destruida por la vida que ha llevado. Su matrimonio con el viudo Pollit terminó con sus ilusiones románticas: su príncipe azul se transformó en su bestia negra. Derrochadora y confundida, obsesionada por el dinero del que carece, responde a la adversidad con una desesperación que se proyecta sobre los más vulnerables: sus propios hijos.
Christina Stead jamás permite que el lector tome partido. Tanto Sam como Henny son víctimas y verdugos simultáneamente. Él es un puritano que se contradice consigo mismo; ella es una mujer cuyo sufrimiento la vuelve cruel. Louia, la hijastra de once años, es la verdadera víctima: niña poco agraciada que se refugia en Shakespeare y Shelley, sueña con ser dramaturga, pero soporta las burlas de su padre y la indiferencia de su madrastra.
Las casas donde vive la familia —Tohoga Place y Spa House— son universos paralelos con sus propias leyes y secretos, pequeños falansterios donde todo está subordinado a la voluntad de un patriarca que alterna entre payaso e implacable juez. Esta novela no ofrece consuelo ni desenlace venturoso. No es un cuento de hadas. Es un drama sin tregua, donde las heridas no cicatrizan y cada personaje está atrapado en sus propias contradicciones.
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